Arturo
Fontaine T.
(autor)
En "Homero, Ilíada" (Anagrama), no figuran dioses. El original fue recortado para darle rapidez al relato y concentrar la acción. Alessandro Baricco se hizo célebre con "Seda", una breve novela que tiene el antiguo encanto de una fábula o de una leyenda. En su "Ilíada" la base es la traducción al italiano de Maria Grazia Ciani, podada y alivianada por él. Hay de repente añadidos suyos en cursiva. Algunos no ayudan. Así, Pándaro piensa en matar a traición a Menelao de un flechazo impulsado, dice Baricco, por "la mera idea de cambiar la historia con un simple gesto exacto". El giro no es de personaje homérico que ha de creer en el destino.
No es la musa la que canta, sino los protagonistas. En algunos cuentos de Singer, como "The Unseen", narra el demonio porque sabe. Algo análogo ocurre con las Musas, "que son diosas, estáis presentes y sabéis todo, mientras que nosotros sólo oímos la fama y no sabemos nada", dice Homero. Baricco compone su versión como una serie de testimonios. Pero las voces de personajes muy distintos -Tersites, Aquiles, la nodriza, Helena, Sarpedón, incluso el río- resultan demasiado parecidas, demasiado "homéricas". Además, no siempre narran lo que vieron: Criseida cuenta cosas que sucedieron después que ella se embarcó rumbo a Tebas. Homero nos muestra quién es Helena a través del poderoso efecto que causa su belleza en los ancianos, que desde las murallas de Troya ven cómo por ella matan a sus hijos. Ello se diluye al hacer de Helena la que lo narra. En cambio, la escena del "río en llamas" queda magnífica.
La rabia, primera palabra del poema, la gran rabia de Aquiles, no está al inicio dando el tema. Y Baricco cierra con la caída de Troya. Raro que en tal caso omita la muerte de Aquiles, pues redondea la historia, ya que es la consecuencia final de esa "rabia funesta que causó infinitos males"...
Tradujo del italiano Xavier González Rovira, quien en la nota de la página 7 afirma: "Para nuestra traducción hemos utilizado puntualmente la siguiente versión: ... y cita la de Emilio Crespo, Gredos, 1991. De hecho, no la usa salvo en la "apostilla final". El mismo parlamento de Aquiles que en las páginas 182 y 183 aparece como lo tradujo Crespo, en la página 80 sigue otra versión, seguro que la de Maria Grazia Ciani y Baricco pasada al castellano. Importa porque Baricco pondera "el italiano vivo" de esa traducción, lo que no es el rasgo principal de la de Crespo, que me parece abigarrada. De modo que la traducción del italiano es la mejor solución.
Con todo, Baricco ha escrito un libro que se lee con ganas y en el que resuena el tono de Homero. El desafío, creo, es lograr que lo arcaico se sienta y se saboree sin que confunda, agote, aburra o empalague, y que del algún modo se insinúe lo que pudo ser el oleaje de los hexámetros de Homero. Me gusta leer un Homero con esa peculiar dignidad suya y un ritmo sereno, de frase larga que permita enhebrar con nitidez sus comparaciones: "Marchábamos, con nuestras armas de bronce, y parecíamos un incendio que devora el bosque y puede verse desde lejos, puedes ver sus luminosos y brillantes resplandores subir hasta el cielo". Y también ha de ser directo, descarnado, crudo. Y todo esto se logra: "Por Héctor", llora su madre, "nosotros ya no podemos hacer nada, era su destino dejar que los perros lo devoraran lejos de nosotros, víctima de ese hombre al que arrancaría yo el hígado a dentelladas".
"Homero, Ilíada" nos pone en el camino de "La Ilíada" del gran Homero. Y eso basta: entonces el libro de Baricco es excelente.
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