Los desafíos de una reforma mayor.
Hay algo muy orgánico en el Transantiago. Partiendo por el mapa: una especie de complejo esqueleto, una gran estructura ósea. Siguiendo con sus voces: buses oruga, troncales, clones, alimentadores, flujos. Y termi-nando con el tono corpóreo, táctil, que ha venido adquiriendo: las personas son llamadas a compartir su metro cuadrado y se oyen denuncias de manoseos. Hasta la Presidenta se vio en la necesidad de referirse a esto, recordándonos que nada hay de nuevo. ¿Recuerda usted el dicho "más manoseado que manilla de micro"?
Me impresiona el Transantiago. La vastedad que tiene como reforma. Me hace recordar la Reforma Procesal Penal. No son iguales, claro, pero se parecen en el esfuerzo por cambiar un estado de cosas extenso y, sobre todo, arraigado. Y hacerlo en democracia, desmintiendo a los cínicos que reservan la posibilidad de reformas profundas al respaldo de las armas.
Creo, y quiero creer, que es una reforma positiva y necesaria. Sin embargo, no me es del todo fácil pensar así. El problema es su carácter orgánico, precisamente. Como órgano que es, el Transantiago necesita un cerebro. Un cerebro remite a la idea de poder central, de un planificador. Si bien esta centralización es obvia e ineludible en el nivel de los seres vivos individuales, no lo es en el nivel de la acción humana colectiva ni, menos, en el de la comunidad política.
Esto, por conocidas razones epistemológicas: no es posible conocer y anticipar las infinitas posibilidades que envuelve la acción humana. También por razones de moralidad política, ya que la planificación central exige, por definición, concentrar poder. Y toda concentración de poder arriesga, también por definición, el peligro de su abuso.
La alternativa es el mercado. Éste permite procesar el conocimiento diseminado en la socie-dad y es compatible con la infini-ta potencialidad de la acción humana. Además, atomiza el poder; en principio, al menos. Pero el mercado no funcionó bien con el antiguo sistema de transporte público en Santiago. Ni siquiera estoy seguro de que haya sido, propiamente, un mercado. Puede haber tenido algunas virtudes, pero sus defectos eran superiores. Sobre todo, creo, el carácter mafioso y agresivo que tenía.
El mercado, con todo, no es completamente ajeno al Transantiago. No es un monopolio, sino que distintos proveedores que, si bien no compiten "en" la cancha, lo hacen "por" ella. Y posee tecnologías que ayudan a la coordinación del órgano.
Ojalá resulte. Que pase de ser el objeto de deseo que es ahora a corpórea realidad.
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