Arturo
Fontaine T.
(autor)
"...El museo no pretende exhibir un recuento neutral o aséptico. Los hechos se presentan desde la perspectiva de los derechos humanos y la democracia que los cautela...".
El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, como concepto, tiene apoyo amplio y transversal. En una dictadura todos -incluso quienes gozan de libertades y derechos- viven en la precariedad. Sus derechos no son sino meras concesiones o mercedes que el déspota o sus subordinados pueden retirar cuando lo estimen conveniente. "Todos hemos perdido algo" sugiere la sobrecogedora obra de Jaar que se hunde en el patio del museo.
El museo no pretende exhibir un recuento neutral o aséptico. Los hechos se presentan desde la perspectiva de los derechos humanos y la democracia que los cautela. Qué significa perder la democracia es la gran lección. Como en el Informe Rettig que sirve de base, están, en primerísimo lugar, las víctimas de la violencia ejercida por agentes del Estado que actuaron bajo un diseño institucional que lo favorecía. También hay víctimas de la violencia política: combatientes que mueren con las armas en la mano, militares asesinados por movimientos armados como el MIR o el FPMR y simples inocentes.
Como ese niño de diez años, José Sáez, que en Conchalí, encontró un paquete. Se acercó y lo abrió: fue despedazado por la bomba destinada a una tenencia policial. Es la contrapartida de la violencia. Lo mostró Albert Camus en "Los Justos". Un terrorista ruso, Kaliayev, debe lanzar una bomba al gran duque, pero en el momento de hacerlo lo detiene la mirada de dos niños que inesperadamente van también en el coche. Stepan, el revolucionario duro, le dice: "No hay límites... Si esa muerte te detiene... no estás seguro de estar en tu derecho". Kaliayev: eso "haría de mí un asesino cuando trato de ser un justiciero".
En el Museo todos los muertos están en el inmenso muro blanco que enfrenta al velatorio. En otra sala, los nombres de las víctimas de la prisión y la tortura del informe Valech, y testimonios estremecedores.
Ampuero, Fermandois y Gandolfo, entre otros, en sus columnas de "El Mercurio", sólo han criticado que el museo no aborde las causas del quiebre democrático del 73. Son objeciones planteadas con altura. Pero este museo está dedicado a la memoria en relación con las violaciones a los derechos humanos; no es un museo de historia general. En cuanto a los derechos humanos -estaremos todos de acuerdo- lo ocurrido antes no puede ponerse en el mismo plano ético que lo sucedido después. Y, por cierto, las causas no exculpan los posteriores horrores y sevicias que -a pesar de los esfuerzos de algunos dentro y fuera del gobierno- vulneraron de modo sistemático la vida, el cuerpo y la dignidad de tantas personas. El Estado fue entonces victimario.
En un muro se destaca un párrafo del Informe Rettig que alude a la disolución de la democracia. Es un llamado de atención: el golpe militar no ocurrió de repente y en el vacío. El museo cumple al despertar interés por conocer las causas. Quizás ese párrafo podría ser más extenso, quizás ese llamado a preguntarse por el contexto previo podría potenciarse con material gráfico. El punto es que el foco debe estar puesto en lo que sobrevino después, sin democracia.
La oposición a Allende temía que de nuestro "proceso revolucionario" -así lo llamó Fidel Castro cuando estuvo en Chile- emergiera al fin un Pinochet tal vez barbón, más elocuente y carismático, un caudillo revolucionario, pseudomarxista y dictatorial que conculcara las libertades y llamara a eso "democracia popular". El clima de desmadre y amenaza, el ambiente febril, caótico, fanatizado y violento lo hacía plausible, más de lo que nos parece ahora. (Ver "Los mil días de Allende": www.cepchile.cl ) La oposición a Allende defendía los mismos derechos humanos que el régimen militar atropelló. Lo esperable, lo natural es que quienes condenaron lo que sucedía detrás de la cortina de hierro, por ejemplo, en Alemania, -lo que evoca la película "La vida de los otros"-, y que quienes condenan hoy la falta de democracia en Cuba, condenen también lo ocurrido en Chile en materia de derechos humanos.
Este museo, más allá de imperfecciones superables, es motivo de alegría: muestra el arraigo que tiene la libertad en Chile. Es la esperanza que predomina, siento, sobre todo, entre los jóvenes.
En el muro, los versos de Óscar Hahn: "Un día la picota que excava la tierra/ choca con algo duro: no es roca ni diamante/ es una tibia un fémur unas cuantas costillas/ una mandíbula que alguna vez habló/ y ahora vuelve a hablar". En este museo esa mandíbula nos vuelve a hablar y la inmensidad del dolor cobra un sentido.
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