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| Arturo Fontaine, diario La Tercera, 28 de marzo de 2010 |
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Una película negativa
Los conflictos de interés derivados del patrimonio del Presidente se mantienen como un tema vigente y polémico. El clima de estos primeros días no cambia o cambia para peor. Se ha vendido, por fin, Lan -más tarde de lo prometido-, pero la discusión se desplaza a las implicancias tributarías o al destino y administración de esos fondos o al canal de televisión o a Colo-Colo. Y así. Las encuestas no indican que el tema preocupe a las grandes mayorías. Es una cuestión de la elite y esto deja al Presidente satisfecho, pero se va minando el prestigio moral y la credibilidad del Presidente. Primero en las elites, luego entre las grandes mayorías. Esto revela un conflicto interior no resuelto entre el empresario y el hombre de Estado. Las dos almas de Piñera en esta película siguen luchando entre si y el hombre, atribulado y vacilante, se empequeñece.
El estilo del mando, contra todas las predicciones, no resulta eficaz. Los ministros y altos funcionarios del Estado no son empleados, sino, más bien, colaboradores. Los premios y castigos que operan con eficiencia en la empresa no son, claro, los mismos que operan en el servicio público. En la política -ya lo decía Hume- se gobierna por la persuasión. Eso requiere comprender las motivaciones del otro, escucharlo, incorporarlo a un equipo, convencerlo. Todo eso toma su tiempo.
El apuro no siempre es buen consejero. En esta película negativa imagino descoordinaciones por doquier y duplicaciones de función. Veo ministros cautelosos a la hora de tomar decisiones por temor a ser desautorizados. Veo ministros Y altos funcionarios consumidos por una actividad frenética y dispar, agobiados por la hipertensión, perseguidos por las cámaras y citaciones a reuniones a cualquier hora; veo ministros y altos funcionarios 24 por 7, es decir, extenuados, ansiosos, incómodos y mal dormidos.
En esta mala película para Chile veo a los ministros tratando de contentar al Presidente en lugar de decirle la verdad cruda; veo ministros y asesores complacientes y zalameros en lugar de liderar, en su área, a la Alianza de partidos que los llevó al poder. El cargo de ministro es un cargo político que implica liderar políticamente. No es un encargo gerencial. Pero requiere, además, eficiencia gerencial Si los partidos de la Alianza no se sienten interpretados por la política de los ministros, algo anda mal.
Los partidos de la Alianza han estado por 20 años en la oposición. Sus dirigentes han liderado al sector. Súbitamente, eso ha cambiado. Ahora los voceros del sector son, principalmente, los ministros. Los dirigentes de los partidos al llegar al poder, pierden poder.
Entonces, la coordinación con el gobierno y sus ministros es de importancia capital. Este es el talón de Aquiles del sistema presidencialista: no establece un mecanismo institucional que incorpore a los partidos que gobiernan al poder. El cuoteo ha sido la solución histórica a este problema. No es una buena solución.
En esta historia oscura los partidos y el gobierno ahondan sus diferencias.
Por su parte, la oposición al gobierno se divide. Ya lo está, de hecho. Una parte trata de recoger y renovar la herencia de los gobiernos de la Concertación y se compromete en una línea socialdemócrata y pro democracia y derechos humanos. Otra parte no quiere condenar a Cuba, se desinteresa de los derechos humanos -salvo si dicen relación con el régimen de Pinochet- y busca reforzar y legitimizar políticamente las demandas de los grandes grupos de presión organizada (Colegio de Profesores, Anef, CUT, camioneros, etc.). Este segundo grupo adopta una línea populista y es, en los hechos, la expresión política de los grandes grupos de presión. Arrastran a los grupos más moderados.
La obra de reconstrucción avanza, pero a medida que pasan los meses, la buena voluntad hacia el gobierno ha decaído. Las soluciones habitacionales, por ejemplo, no gustan. Las expectativas ceden ante la decepción. Crece el descontento. En las regiones más golpeadas se despliega una movilización social poderosa, apoyada por el sector opositor populista. Hacer oposición es salir a la calle, es frenar los cambios legislativos que propone el gobierno. La Concertación entonces con bastante frecuencia se vuelca a las calles a protestar. El Presidente sabe que no tiene los votos en el Congreso para aprobar reformas sustanciales y entonces recula.
El año 2011 el país crece, quizás un 6% como piensa Vittorio Corbo, pero también crece la sensación de que los conflictos de interés se dan en todos los niveles: intendentes, altos funcionarios. Proliferan las acusaciones, las denuncias. v El Presidente se la juega. Argumenta, defiende, justifica, ataca, explica. Está muy presente en los medios. Se da un baño de populismo. Y logra que la oposición retroceda. Ha salvado la situación. Pero esto dura poco. El Presidente se repite, sus metáforas no cambian, comete errores inexplicables, su tono ahora aburre. Carece de espíritu. Se ha mostrado demasiado. Ya es un hombre sin misterio, sin el carisma del poder. Sus propios partidos toman distancia de él.
El Presidente entra al tercer año ya sin proyecto, debilitado e inofensivo.
Le atribuyo una baja probabilidad a que se dé este escenario negativo. Para que se dé es necesario que concurran copulativamente una serie de requisitos. El gobierno tiene en su mano el que no se den muchos de ellos. Si los ministros y asesores de importancia se atreven a decirle al Presidente la verdad sin atenuantes; si los dirigentes de los partidos actúan con lealtad bien entendida; si la prensa y los medios cumplen con su labor con seriedad e independencia, esta película se hace improbable. Hay que pensar que entre los equipos de gobierno hay mucha homogeneidad de pensamiento y formación. Difícil que se den conflictos mayores entre ellos. Es tanto más lo que los une que lo que los separa. Debieran poder coordinarse y trabajar bien juntos.
Una película positiva
Pero hay una película positiva, y le atribuyo mayor probabilidad.
El Presidente, haciendo un gigantesco esfuerzo, logra poner atajo al conflicto interior entre el empresario y hombre de Estado. El carisma de la propia investidura lo empuja en la dirección correcta. La actitud clara e independiente de su círculo cercano, de sus ministros Y asesores, de los dirigentes políticos de su sector, de los medios, lo ayudan a tomar las decisiones que más le cuestan y ante las cuales hasta ahora ha vacilado, y aborda de una vez las resoluciones que ha postergado. Como Hamlet, después de tantas cavilaciones y dudas, llegada la hora decisiva, es un hombre de una sola pieza. Toma riesgos y actúa con valentía tranquila, segura y final. No vuelve la vista atrás.
El tiempo hace que las cosas se decanten; las ruedas del poder se van engranando; los equipos de gobierno se afianzan y coordinan. Pasadas las primeras semanas de hiperactividad, las autoridades se calman y se va imponiendo el trabajo ordenado y el respeto a los tiempos que tardan las cosas; es decir, se diluye el voluntarismo y gana espacio el respeto a la realidad. Los ministros sintonizan mejor con los partidos, y asumen cabalmente su papel político, sin descuidar los aspectos gerenciales y técnicos.
El Presidente se serena y respalda a sus ministros y altos funcionarios. Les da su confianza y los deja hacer lo que saben hacer. Deja de lado la pretensión de ser Presidente y, a la vez, ministro in pectore de varias carteras simultáneas. Se concentra en ser Presidente. Nadie habla más de trabajar las 24 horas del día, porque biológicamente es imposible. Como broma, se ha gastado. El Presidente ha aprendido de los errores y ha corregido fallas. El Presidente demuestra en los hechos que sabe aprender rápido. No se tropieza dos veces con la misma piedra.
La obra de reconstrucción, pese a sus dificultades, avanza. El Presidente, reconociendo el respaldo de la ciudadanía, promueve reformas legales que colaboran a la reconstrucción, pero también reformas que van más allá de ello. Por ejemplo, propone reformas pro empleo que significan potenciar un mecanismo de subsidio al ingreso, reformas que flexibilizan la legislación laboral en beneficio de jóvenes y mujeres. Por ejemplo, propone reformas que apuntan a privatizar empresas públicas, a igualar la tasa impositiva de empresas y personas, a cautelar la democracia interna en los partidos políticos.
El drama del terremoto se ha transformado en una gran oportunidad para Piñera y sus equipos. La multidimensionalidad de la política se ha reducido. En esta película, los problemas de gestión han pasado al primer plano. A última hora, los problemas más acuciantes del momento tienen soluciones ingenieriles. Al ministro de Educación se le pide que construya escuelas; al de Salud, que construya hospitales. La excepcional capacidad intelectual y de trabajo del Presidente lo convierten en un hombre particularmente apto para acometer estas tareas. A su vez, en los equipos de gobierno prevalecen ingenieros comerciales y civiles de alto nivel, bien preparados para estos desafíos.
El año del Bicentenario es año de unidad. La Iglesia empuja en ese sentido y al gobierno le viene bien.
La oposición está dividida entre un polo populista y otro socialdemócrata. En esta película, sin embargo, a diferencia de la otra, la estrategia de movilización social no logra arrastrar a los sectores socialdemócratas. Ellos perciben que la población no quiere posturas extremas y prefiere la unidad. No quieren ser meros instrumentos de grupos de presión. La Concertación reafirma, entonces, su compromiso con los derechos humanos y, por ejemplo, condena a Cuba. Mantiene la línea económica de sus gobiernos. En algunos proyectos llega a acuerdo con el gobierno de Piñera para algunas reformas sustanciales.
Es decir, el gobierno y parte de la oposición se atreven a cortar juntos algunos de los nudos gordianos de la creatividad y productividad como país.
Entre este polo positivo y el polo negativo que he imaginado hay muchas posibilidades intermedias; hay, por cierto, toda una gama de grises. Pero si la película negativa es negra y la positiva, blanca, mi apuesta hoy es que nos espera un gris, pero un gris con mucho más de blanco que de negro, un gris bien clarito. Eso creo, por ahora.
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