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Opinan en la Prensa: La Tercera, 25/4/2010 Serenidad presidencial Harald  Beyer (autor)

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No cabe duda que Mitterrand y Chirac no sólo representaban posturas políticas muy distintas sino que eran personalidades muy diferentes. Pasaron por altibajos en sus gestiones presidenciales y, en ocasiones, fueron duramente cuestionados por la opinión pública tanto por errores políticos como faltas personales, pero los dos fueron reelegidos a la presidencia. Los franceses han guardado, por cierto con matices, aprecio por sus gestiones. En ambos, los analistas políticos de las más diversas tendencias celebraron siempre su serenidad, un atributo que parece ser necesario en un cargo de esta naturaleza. Si hay algo que esos mismos analistas cuestionan en el actual Presidente galo es precisamente la falta de ese atributo.

Sarkozy, que en sus inicios como Presidente gozó de un alto apoyo popular y logró altos niveles de empatía con el francés medio, ha desarrollado una gestión donde su presencia se ha dejado notar en los más diversos asuntos de gobierno e incluso se ha extendido a otras esferas. En todos ellos se ha involucrado con fuerza y, en algunas ocasiones, con estridencia. Ello no ha caído bien. No falta quienes estiman que es esta forma de gobernar la que ha puesto en riesgo su reelección. Es cierto que la crisis económica, como a gobernantes de otras latitudes, también le ha pasado la cuenta, pero sus cifras de apoyo han caído con más fuerza. Aún tiene tiempo para revertirlas, pero no deja de ser paradójico que se encuentre en estas circunstancias, en particular después del favorable escenario que siguió a su elección como Presidente en mayo de 2007. Más todavía cuando la oposición derrotada quedó políticamente pulverizada.

La serenidad en los presidentes también parece ser un atributo valorado por los chilenos. Algo de ello hay en las altas aprobaciones que consiguieron los Presidentes Lagos y Bachelet durante su gestión, sobre todo si se recuerda que no les fue fácil alcanzarlas y ambos pasaron por momentos complejos durante sus gestiones. El Presidente Piñera parece inclinado a seguir el modelo Sarkozy. Ha habido señales de ello en sus primeras semanas en el cargo. Allí están su marcada presencia en diversos ámbitos y varias opiniones que han sacado roncha. Es cierto que es una persona de características excepcionales para el cargo. Además, le ha tocado enfrentar una catástrofe inesperada, pero que supone desafíos para los que tiene especiales condiciones.

Sin embargo, esa forma de gobernar puede resultar un poco agotadora para la opinión pública. Además, un involucramiento demasiado intenso en diversos ámbitos, aunque para él resulten familiares, le impone tomar constantemente posiciones que, aunque sean las más convenientes para el país o para el desarrollo de su gestión, inevitablemente generan posturas contrarias en algunos grupos. Se expone así a cuestionamientos permanentes que tomados de manera aislada no mellan la imagen presidencial, pero que sumados en el tiempo no cabe duda que la afectan. Mucho de esto es lo que precisamente le ha sucedido a Sarkozy.

A pesar de esta inclinación a estar en todo, es notorio también que el Presidente a veces duda y no está enteramente convencido de que ésta sea la estrategia correcta. Es así como ha habido ocasiones en que privilegia una mayor distancia de los asuntos cotidianos del país. Esta actitud dubitativa debería resolverse a favor de la necesaria serenidad que requiere el ejercicio de la Presidencia. Más todavía, cuando, a diferencia de la experiencia francesa reciente, nuestra oposición está golpeada, pero no quedó en el suelo. Fortalecer este atributo no significa que el Presidente no pueda usar su capital político presente o futuro y ser activo en enfrentar a contradictores en asuntos que le interesa promover. Sólo tiene que evaluar bien cuáles son esos asuntos y para ello debe tener mayor claridad respecto de la herencia que, más allá de la reconstrucción, quiere dejarle al país.


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