Guillermo de Occam, un reflexivo monje franciscano del siglo XIV, acuñó un principio del pensamiento que se ha denominado la “navaja de Occam”: las entidades no deben multiplicarse más allá de lo necesario. Es un principio de economía y de simpleza. Si, por ejemplo, se trata de elegir entre dos explicaciones para un mismo fenómeno, el principio sugiere optar por la explicación más simple. Es decir, la que envuelve menos supuestos.
Hay una relación entre la navaja de Occam y el orden social que postula el liberalismo. El liberalismo sugiere una sociedad ordenada de acuerdo con la menor cantidad posible de reglas básicas, parejas para el mayor número de personas y casos. Por lo mismo, los liberales desconfían de un orden en que se superponen reglas a la medida de cada uno de los intereses y grupos. Por ejemplo, impuestos diferenciados por industrias o actividades, o aranceles específicos para cada bien importado. Lo mismo pasa con el orden de las familias: no hay que multiplicar más de lo necesario.
El proyecto presentado por el senador Allamand, que establece un Acuerdo de Vida en Común (AVC), hace pensar en Occam. En un sentido, éste es un proyecto liberal, pues permitiría a las parejas de un mismo sexo formalizar su relación. El Estado reconocería así su autonomía, tal como se la reconoce a las parejas de distinto sexo. Pero la forma en que el AVC hace esto es menos liberal: necesita navaja.
Idealmente, en lugar de AVC debería existir una misma regla para todas las personas que quieran formalizar su relación. Una regla pareja: si hay dos adultos que libremente consientan, se aplica la regla, sin importar el sexo. Esta regla podría llamarse matrimonio, AVC o como se acuerde llamarla. Da lo mismo el nombre, lo importante es que sea la regla disponible para todas las parejas que quieran formalizarse. Una regla general.
Hoy, por supuesto, esa regla no existe. Si bien existe una sola regla para formalizar a las parejas —el matrimonio—, no está disponible para todas las personas que quieran formalizarse. No es una regla general, excluye a los homosexuales.
El proyecto de AVC, sin embargo, y con la mejor voluntad de corregir la exclusión, no introduce una sola regla general, sino que multiplica: a la regla del matrimonio agrega la del AVC. Y lo hace ignorando la navaja de Occam, pues abre el AVC a todas las parejas, homo y heterosexuales. Así, para las parejas heterosexuales habrá dos alternativas superpuestas: la del matrimonio y la del AVC. ¿Es necesaria esta multiplicación?
Creo que no. Las parejas heterosexuales ya tienen el matrimonio. Si no se casan, quiere decir que no quieren formalizarse. Quizás esto era distinto cuando no había divorcio vincular, pero hoy hay. El divorcio ha despejado el fin de los matrimonios, pero, por lo mismo, ha facilitado también su inicio. ¿Para qué otra vía de formalidad si ya hay una razonablemente expedita?
Además de multiplicar innecesariamente, la apertura del AVC a las parejas heterosexuales regala argumentos a quienes se oponen a cualquier cambio en estas materias, arguyendo que se debilita la familia matrimonial. Y no dejan de tener razón, pues al ser una alternativa al matrimonio, éste se debilita relativamente.
Por todo esto, el AVC debería limitarse a las parejas homosexuales. La multiplicación sería menor y nadie levantaría una alternativa al matrimonio. Además, sería un acto de reconocimiento estatal más valioso y auténtico, orientado a quienes de verdad lo necesitan porque no tienen alternativa, sin que deban ir camuflados en una masa heterosexual que sí la tiene.
Siguiendo a Occam, insisto, lo ideal sería una sola regla para todos quienes quieran que el Estado los reconozca como pareja. Eso sí sería un refuerzo del matrimonio o como se llame al vínculo formalizado. Pero muchos dicen que esto es imposible entre nosotros todavía, que hay que ir de a poco.
Quizás tengan razón: el gradualismo suele producir cambios más reales y estables. En este sentido, el AVC podría ser un primer paso en la dirección correcta. Pero siempre que se limite a las parejas del mismo sexo. Es un paso que hay que dar con la navaja en mano. En la cabeza, más bien.
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