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Opinan en la Prensa: La Tercera (Edición 60 Aniversario), 26/8/2010 El gran cambio Arturo  Fontaine T. (autor)

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(Publicado en la edición 60 Aniversario del diario La Tercera)


“¿Añoro todavía la virginidad?”
Safo


-Si yo fuera hombre me metería con hartas mujeres -dice Carmen.
Estamos en el casino de la Facultad tomándonos un café. Carmen se ha sentado en mi mesa con la Pati y la Andrea. Son tres buenas estudiantes del año anterior.
-Y tendría una polola como yo -sigue diciendo Carmen con un tono lánguido- capaz de perdonar. Porque yo sé que para mi pololo yo soy re importante, que me quiere re harto y eso y la prueba es que vuelve a mí, no me deja. Pero le atraen de repente otras tipas y va se las agarra.
-¿Pero qué huevá estás diciendo, Carmen? -Perdone el castellano, profesor-. ¿La infidelidad de un hombre es menos grave que la de una mujer, entonces?
-Obvio, puh Pati. A las mujeres se nos junta más el sexo con el cariño, más que a los hombres. A mí no me dan ganas de serle infiel a mi pololo, ¿cachai? Bueno, dos o tres veces me han dado ganas, pero no ganas fuertes y pude seguir mi camino porque sé a quien quiero de verdad. Pero para él, a veces, es distinto. Yo me doy cuenta, Pati. Es una cuestión biológica.
-¿Y de cuándo acá la biología nos determina tanto? ¿Tú creí que la biología nos hizo pasar de la poligamia a la monogamia? ¿Tú creí que fue la biología la que nos hizo abolir la esclavitud? No, puh... ¿Y cómo es eso de que el deber ser para ti sale de lo que algo es? Los hombres, Carmen, tienen que controlar eso que tú llamas “su biología” y aprender a respetarnos como iguales. Es una cuestión de ética, no de biología, perna.
-¿Y tú qué pensái, Andrea?
- Yo cuando voy a una disco con mis amigas queremos bailar y queremos chupar y queremos fumarnos unos pititos y queremos reírnos juntas y, obvio, queremos agarrar. Vamos a pasarlo bien, puh. Y esta Andrea -dice arreglándose con gracia su pelo claro- se busca un mino y si tiene suerte se queda con él. Y no sé si será la biología o la ética, la cosa es que cuando despierto en la mañana me visto más que rápido y arranco. Dejo al mino durmiendo. Ojalá no me sienta salir, pienso; ojalá no le haya dado mi celular, pienso. Pero no me acuerdo si se lo di o no se lo di. Pero ojalá no, ¿cachai? Y me escapo sintiendo una penita aquí adentro. -Se larga a reír y luego se pone seria-: ¿Y por qué me pasa eso, me pregunto?


El gran cambio que ha habido en la sociedad chilena de las últimas décadas no es ni económico ni político: es sexual. Lo que más ha cambiado la vida es que la virginidad de la mujer perdió su valor.

A comienzos de los sesenta parece que el mundo era muy distinto. No hay que pensar que todas las jóvenes solteras eran vírgenes, por supuesto. Y, claro, muchos pololos se acostaban con sus pololas. Sin embargo, eso se mantenía en la penumbra. Primaba el disimulo y se conservaban las formas. “La hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud” escribió La Rochefoucauld. Pero el ideal era que la mujer llegara virgen al matrimonio y muchas parejas lo intentaban y lograban. Se estimaba degradante no respetar la virginidad de alguien al que uno quería. Los noviazgos largos y con creciente privacidad e intimidad permitían un erotismo de graduales conquistas sectoriales. Toda exploración y avance encontraba pronto una nueva valla que habría que superar. La frontera se desplazaba, pero no desaparecía.

Este estado de cosas intensificaba el erotismo en la misma medida en que lo frustraba. Si Bataille tiene razón y el erotismo se nutre de la transgresión, ese mundo de contenciones que se iban sobrepasando, era de un erotismo poderoso y sutil. Había sublimación, claro, y asimismo, belleza. Pero, por otra parte, era un caldo de cultivo de represiones y temores enervantes, proclive a la neurosis, el engaño, la manipulación, la hipocresía y la falta de naturalidad. Los hombres vivían muchas veces escindidos entre las putas y las puras. Las mujeres a menudo castigaban sus deseos. El artilugio que hacía posible este ritual de inhibiciones y cargas eróticas soterradas era el tabú de la virginidad.

Las mujeres de entonces (no los hombres) sentían que su deber era proteger ese velo hasta la primera noche de la luna de miel. Desde luego, esto creaba presión para adelantar el matrimonio. Era un ideal arduo que exigía un comportamiento cauteloso y precavido. La familia y las amistades cultivaban todo un conjunto de prácticas que correspondían a la vieja máxima “entre santa y santo, pared de cal y canto”. Por ejemplo, se recomendaba a las adolescentes no tomar o tomar apenas en presencia de hombres jóvenes. En la disco, entonces, o en cualquier reunión social tomaban alcohol los hombres y las mujeres nada, o casi nada. Por cierto, había excepciones, grupos e individuos que omitían la regla, pero eran eso, excepciones. Estas pequeñas minorías o estaban muy conectadas a modas y corrientes intelectuales extranjeras o a movimientos antiburgueses compuestos por burgueses. Y siempre hubo mujeres más fáciles y, claro, rameras, pero en cierto modo formaban una categoría aparte que -como aparece en la novela Sobre héroes y tumbas de Sábato- contribuía a proteger la virginidad de las demás. En general, si un muchacho quería conquistar a una joven tenía, entonces, que estar más o menos sobrio, pues ella casi con seguridad no estaría ni borracha ni drogada. La vida social entre adolescentes y jóvenes se desenvolvía en un ambiente de contención que buscaba proteger la virginidad de la mujer. Restricciones como éstas -salvo en minorías selectas y muy conservadoras que todavía se mantienen al margen del fenómeno que describo- han desaparecido.

La píldora anticonceptiva se comercializó en Estados Unidos en 1960 y llegó a Chile dos años después. Se vendía sin receta. En 1967 se decretó su distribución gratuita en consultorios. Su impacto -creo que inevitable- en las costumbres de los jóvenes solteros fue gradual y llegó con cierta tardanza. El cambio en las costumbres sexuales de los adolescentes de países europeos y de Norteamérica de los años sesenta, que en Chile se conoció y se imitó por algunos grupos, no parece haberse generalizado sino con décadas de rezago. Esta mutación ética se difunde después que ha arraigado en la sociedad con particular fuerza el valor de lo espontáneo, de la autoexpresión y de la libertad para escoger la propia vida. (La creciente aceptación del homosexualismo es consecuencia del mismo fenómeno). El proceso fue potenciado por la libertad de expresión que trajo la democracia y el incremento del ingreso de la población.

No es fácil ponerle una fecha a este cambio. Una ginecóloga me decía que el cambio ella lo notó en su consulta por ahí por 1995: muchachas solteras empezaban a pedirme pastillas. Mi padre, por esos años, me comentó con ironía a la salida de una fiesta de matrimonio: “¿Te has fijado que desde hace un tiempo a esta parte los novios se van quedando en la fiesta y no tienen ninguna apuro por irse al hotel?”

Los datos disponibles indican que en 1994 el 58,8% de los mujeres entre 15 y 29 años había tenido relaciones sexuales. En cambio, ese número subía al 73,6 en el caso de los hombres. El 2009 ese porcentaje era del 75% entre las mujeres y 76.2% entre los hombres. (Encuesta Nacional de Juventud) Vale decir, ya no hay diferencias. Entre adolescentes de 15 a 18 años las diferencias entre hombres y mujeres en materia de iniciación sexual se han acortado significativamente. Más de la mitad de los jóvenes chilenos no está de acuerdo con sus padres en materias de sexualidad y relaciones de pareja. Otra señal de que ha habido una ruptura en las costumbres. (¿O sería siempre así?) Y el matrimonio, naturalmente, se ha postergado. En 1980 las mujeres se casaban de 23, 8 años y el 2008 la edad promedio era 30.


Este mundo de jóvenes que se mantienen solteros y sexualmente activos, sean hetero u homosexuales hasta los 30 y algo más configura en Chile una realidad nueva, liberadora, pero a su vez, problemática. En los jóvenes se concentra el grueso del consumo excesivo de alcohol y de drogas, el desempleo más severo, así como las denuncias y detenciones por robos violentos.

Es una edad de grandes aspiraciones en todos los planos y de feroces frustraciones. Es un tiempo de alturas y caídas súbitas. Hay, por cierto, muchas parejas que viven ahora su amor con libertad, alegría, hondura y autenticidad inéditos. No he conocido a nadie que haya probado este estado de cosas y quisiera volver atrás. Pero, por otro lado, la noche de fiesta y juerga, e incluso la juntación previa exploran a fondo el gozo de la vida pero, a la vez, juegan en zonas de peligro. (La violencia, la adicción, el embarazo no buscado, una sexualidad expuesta al Sida).

La noche de carrete con mucho alcohol y con frecuencia droga y ojalá sexo se concibe por muchos hombres y mujeres como una suerte de carnaval. Los romanos durante sus fiestas saturnales volvían transitoriamente a la edad de oro. Es un tiempo suspendido durante el cual no rigen las prohibiciones típicas de toda civilización, que regula el sexo, por ejemplo. En el carnaval no hay división entre actores y espectadores, todos son actores y todos son espectadores. Es una incandescencia.

Por eso Andrea a la mañana siguiente quisiera no haberle dado a su mino el número del celular y, al mismo tiempo, siente “una penita aquí adentro”. Lo ocurrido queda encapsulado. Se lo vive para que no dure. La nueva libertad conlleva una nueva barrera, un nuevo tabú. Lo que pasó entre nosotros fue un destello. No trates de que vuelva a pasar. Quizás yo no era yo ni tú eras tú cuando pasó lo que pasó. El trago y las drogas eran máscaras. No exploraciones que buscaban “abrir las puertas de la percepción” como proponían los jóvenes de los años sesenta invocando a Blake y a Huxley. Por la mañana hay que cerrar el paréntesis y eso puede doler. Es la ética de lo efímero que impone su propia disciplina. Durante el carrete la vida es juego y risa y desborde, pero se trata de un estado provisorio y enmascarado. Lo carnavalesco es siempre una interrupción.


Nota del autor: Agradezco la colaboración de Loreto Cox, investigadora del CEP. Por cierto, sólo yo soy responsable de lo que aquí se dice.


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OPINIONES (Todas) :: Arturo Fontaine Talavera

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