Opinión | El Mercurio, 13 de mayo de 2016

Un demagogo americano

Estuve dos semanas en Nueva York conversando mucho sobre Trump. ¿Cómo se explica el éxito de este demagogo bufonesco? Algunos amigos republicanos, que odian a los demócratas y aun más a los Clinton, tratan de convencerse de que lo que dice es para ganar votos y que ya de Presidente, se volverá sensato. Pero muchos más opinan con pesimismo que lo que se ve es lo que hay.

Es cierto que Trump es muy cambiante y que lo que dice hoy no vale, necesariamente, mañana. Hace poco afirmaba que les iba a bajar los impuestos a los ricos; esta semana dijo que se los iba a subir. El lunes dijo que iba a "renegociar" la deuda pública. Pero el martes se desdijo: solo la iba a "recomprar a descuento".

¿Las contradicciones de un hombre confuso? Tal vez, pero Trump ha hablado -peligrosamente- de las ventajas de ser impredecible, sobre todo en política exterior. Tal vez crea que tendrá que serlo si, como dice, va a aumentar el poder de Estados Unidos a la vez que gastar menos en defensa. Pensará que puede compensar el menor gasto asustando a los extranjeros con sus sorpresas. Creerá que al gobernar por sorpresa, logrará un jugoso "descuento" en el precio de los bonos del tesoro. Ser impredecible inspira miedo y da fuerza, quién lo duda. Lo sabe un Kim Jong-un. Es en realidad un atributo esencial del caudillo, como lo son otros que tiene Trump. Ser un " bully ", por ejemplo; o no sentirse limitado por esas dos cortapisas al poder que son la razón y la verdad.

Pero ¿por qué tantos americanos se dejan seducir por un caudillo populista?

Hay muchas razones. Primero, los devastadores efectos de la crisis de 2008-9, en que quedaron desacreditadas las élites tradicionales. Hay gente que todavía no se levanta psicológicamente de esa crisis, porque aun cuando tenga trabajo, siente que su futuro es incierto: su empleo podría ser "exportado", o reemplazado por un robot. Para muchos la competencia y la tecnología son desafíos estimulantes, pero otros no tienen la energía o la edad para enfrentar la incertidumbre. Sobre todo los hombres blancos poco educados. Estos temen la competencia, en especial de quienes son de otra raza. ¡También la de las mujeres! Estiman que todos estos han ido ascendiendo en su desmedro. Por algo el éxito de las groserías racistas y misóginas de Trump.

Trump logra conectarse con el resentimiento de gente que lo ve como su protector; gente que le tiene un terror primitivo a la globalización, a la modernidad, al cambio y a la diversidad cultural, y que por tanto rechaza, para no decir odia, a cualquiera que sea de otro país o raza. ¡Que ni siquiera entren! De allí el muro de Trump, que le da otra dimensión a esas políticas proteccionistas que tiene, y que comparte con Bernie Sanders. Porque con el muro Trump promete proteger a su gente del Otro en cualquiera de sus avatares. Es un muro que no solo ataja a los ladrones de empleos, los violadores, los terroristas, las brujas: echa para atrás el reloj a cuando estos no existían.

Hay algo más. En un mundo en que los políticos se juegan muy poco, Trump aparece como un hombre que dice la verdad. Sus seguidores creen que no puede no ser verdadero quien se atreve a decir tantas barbaridades. Fácil ver la falacia. Pero muchos no la quieren ver. No quieren ver que, al contrario, Trump miente mucho. Miente y enseguida redondea su boca en un puchero, de esos que hacen las modelos y los bebés cuando buscan ser admirados, y la gente cae: lo admira más que nunca.

En Nueva York, dan en el teatro una versión conmovedora de "El Crisol", la gran obra de Arthur Miller sobre la trágica cacería de brujas que hubo en Salem en 1692. La obra es una temible expresión de lo que pasa en una sociedad cuando se entronizan las emociones que explota Trump: el miedo, el resentimiento y el odio.

David Gallagher

David Gallagher

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