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533 años después: El antídoto a la “Historia única”

533 años después: El antídoto a la “Historia única”

Asumirnos como una sociedad fundamentalmente mestiza, producto de un choque histórico sin precedentes, es el punto de partida para construir un futuro más integrado y consciente de su propia fortaleza.

Cada 12 de octubre nos invita a mirar nuestro pasado, pero no para anclarnos en viejas disputas, sino para comprender el complejo ADN de nuestra identidad. A 533 años del evento que conectó a Europa y América, es momento de superar las narrativas de vencedores y vencidos. La verdadera lección de esta fecha no radica en lamentar una historia o celebrar otra, sino en reconocer que el violento choque de dos mundos fue, paradójicamente, el punto de partida de un proceso creativo: el nacimiento de una nueva identidad, la nuestra.

El encuentro fue, sin duda, un cataclismo. Dos cosmovisiones radicalmente distintas colisionaron, con una disparidad histórica y militar que marcó el desenlace. Sin embargo, reducir este proceso histórico a una simple imposición es caer en lo que la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie llama «el peligro de la historia única» (2018).

Lo que ocurrió en el continente que hoy pertenece Chile fue mucho más complejo: fue una fusión. La cultura que emergió no fue ni enteramente española ni puramente indígena; fue algo nuevo, una síntesis mestiza que define nuestro carácter hasta hoy.

Esta herencia sincrética es la base de la chilenidad. La vemos en nuestra mesa, donde el trigo europeo convive con el maíz y la papa latina en platos como el chapalele. La escuchamos en nuestro español, salpicado de modismos y palabras de origen indígena como guata, anticucho o guagua. La vivimos en nuestra religiosidad popular, como en la fiesta de la Tirana, donde la fe católica se viste con danzas andinas.

Negar una de esas dos raíces es, en esencia, negar una parte de nosotros mismos. Nuestra mayor riqueza cultural proviene precisamente de esa colisión original, de esa capacidad de integrar elementos dispares y forjar con ellos una identidad resiliente y particular.

Esta lección histórica es una herramienta fundamental para las políticas públicas del presente. Hoy, Chile enfrenta nuevos «choques» culturales con la llegada de flujos migratorios. El temor a que se diluya una supuesta «identidad pura chilena» es un eco de la visión simplista del pasado.

Nuestra propia historia demuestra que tenemos una vocación de síntesis. En lugar de ver la diversidad como una amenaza, deberíamos reconocerla como una oportunidad para enriquecernos, tal como lo hicimos en nuestros orígenes. El desafío para el Estado es, por tanto, gestionar los encuentros del presente para fomentar la cohesión del futuro, creando políticas de integración que, reconociendo las diferencias, apunten a un proyecto común.

En resumen, conmemorar el 12 de octubre nos ofrece la oportunidad de visualizar la complejidad de lo que somos. No se trata de justificar la violencia del pasado, sino de valorar la resiliencia y la capacidad de creación que surgieron de ella.

Asumirnos como una sociedad fundamentalmente mestiza, producto de un choque histórico sin precedentes, es el punto de partida para construir un futuro más integrado y consciente de su propia fortaleza.