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Populismo híbrido

Populismo híbrido

Lo que presenciamos el domingo es la consolidación de un populismo híbrido. Una fuerza que combina la narrativa anti-élite clásica del siglo XX con la velocidad de propagación del siglo XXI, y que ahora ha logrado asentarse en el territorio físico.

Al parecer, si uno repite varias veces – como Franco Parisi en su campaña – “con Parisi presidente y el PDG en el Congreso” este se vuelve realidad. La elección del domingo ha dejado al análisis político tradicional en un estado de perplejidad que ninguna encuesta logró disipar a tiempo.

El «fenómeno Parisi» ha vuelto a golpear la mesa, esta vez asegurando un sorpresivo y sólido 19% de las preferencias, lo que se traduce en más de dos millones y medio de votos, consolidándose como primera preferencia dentro de nueve regiones de 16.

La encuesta CEP 95 (2025) advertía – acertadamente – que un 21% de los chilenos se declaraba «no sabe + no contesta” por quién votar, junto a un 33% que dice estar poco interesado en las elecciones presidenciales. Esos porcentajes no solo reflejan la duda, sino también desafección con la política consuetudinaria.

Ese es el paisaje de indiferencia en el que históricamente ha navegado el populismo, un electorado líquido, cansado del vaivén de las ideologías clásicas y que busca respuestas fuera de lo habitual. Así, es Parisi quien busca representar a estos votantes, al declararse “ni facho ni comunacho”, sino como un outsider que va en contra de la política tradicional. Planteándose como un candidato con ideas populistas hacia un votante que busca soluciones de corto plazo y liquidez inmediata.

Para comprender la magnitud del 19%, es necesario recurrir a la historia política. El populismo, en su definición politológica, no es una ideología de izquierda o derecha, sino una lógica de construcción de poder. Su estructura narrativa es constante a lo largo del tiempo: la existencia de un «pueblo virtuoso» que ha sido traicionado por una casta privilegiada. La tecnología y los medios cambian, pero la gramática del conflicto permanece igual.

Si miramos el populismo latinoamericano clásico del siglo XX, encontramos la figura del caudillo en el balcón. Líderes como Juan Domingo Perón en Argentina o Getulio Vargas en Brasil se dirigían a las masas trabajadoras en la plaza pública, intermediados por la fuerza física de los sindicatos. Era un populismo de contacto, de discursos y de plazas llenas. Lo que Franco Parisi inauguró en 2021 y confirmó este domingo es la actualización digital de ese populismo no autoritario.

La retórica mantiene la continuidad histórica: el líder se erige como la voz de la ciudadanía común frente a una hegemonía política excluyente. Sin embargo, cuando el candidato arremete contra lo que denomina «la casta» o las cúpulas de los bloques tradicionales, está activando el mismo mecanismo de identificación afectiva que los líderes de antaño, pero el «balcón» ha mutado. La plaza pública ha sido reemplazada por las redes sociales, la televisión y la conexión directa del streaming en su canal “Bad Boys”.

El análisis más profundo de los datos confirma la naturaleza de este electorado. Según cifras de Unholster (2025), el voto no es etéreo, tiene un eje generacional claro. El apoyo a Parisi se disparó a un 38,1% entre hombres menores de 35 años y a un 33,2% entre mujeres del mismo rango. A medida que aumenta la edad, el apoyo decrece drásticamente. Esto indica que el motor de este populismo moderno no es la clase social tradicional, sino una generación joven que se establece en contra del establishment.

Lo que presenciamos el domingo es la consolidación de un populismo híbrido. Una fuerza que combina la narrativa anti-élite clásica del siglo XX con la velocidad de propagación del siglo XXI, y que ahora ha logrado asentarse en el territorio físico.