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En memoria de Alan Angell

Juan Luis Ossa S..

En memoria de Alan Angell

La vida y la obra recuerdan que la historia de un país no siempre la escriben quienes nacieron en él. Sin haber sido chileno, entendió aspectos esenciales de nuestra vida política y contribuyó a que generaciones de alumnos, dentro y fuera de Chile, la estudiaran con mayor profundidad

El sábado pasado falleció Alan Angell, profesor emérito de la Universidad de Oxford y uno de los mayores conocedores de la política chilena fuera de nuestro país. Para quienes tuvimos la suerte de conocerlo, la noticia tiene un componente personal. Se fue un académico brillante, pero también un hombre cuya generosidad marcó a varias generaciones de estudiantes e investigadores latinoamericanos.

Conocí a Alan durante mis años en Oxford. Como tantos otros chilenos, fui recibido muchas veces en su casa junto a Susan, su mujer. Bastaba una taza de té o una copa de vino para que la conversación desembocara, tarde o temprano, en Chile. Era el país que más lo apasionaba. Aunque era politólogo, tenía un interés permanente por la historia y disfrutaba especialmente las conversaciones que cruzaban ambas disciplinas.

Alan pertenecía a una generación de académicos británicos que convirtió a Oxford en uno de los principales centros mundiales para el estudio de América Latina. Junto con Malcolm Deas, Alan Knight, Rosemary Thorp y, más tarde, Eduardo Posada Carbó, contribuyó decisivamente a consolidar el Latin American Centre como un espacio de investigación y formación que ha atraído durante décadas a estudiantes de toda la región. Muchos latinoamericanos encontramos allí no solo una comunidad académica de primer nivel, sino también un ambiente de apertura intelectual.

Su interés por América Latina comenzó casi por azar. A fines de la década de 1960 viajó a Colombia para enseñar administración pública, un tema que nunca abandonaría. Poco después llegó a Oxford con la posibilidad de escoger un tema de investigación y optó por Chile, una decisión que, según reconocería muchos años después, nunca lamentó. Desde entonces dedicó más de medio siglo a estudiar nuestro país. Primero el movimiento obrero; luego la Unidad Popular, la dictadura militar, la transición democrática y el sistema de partidos. Más que concentrarse en un período específico, Alan quiso comprender la trayectoria política de Chile en su conjunto: las razones de su estabilidad institucional, las causas de su quiebre y las dificultades de su reconstrucción democrática.

El golpe de Estado de 1973 estrechó su relación con nuestro país. Como otros académicos británicos de su generación, ayudó a numerosos chilenos exiliados, tanto en el Reino Unido como en otros países europeos. Ese compromiso formaba parte de una manera de entender la universidad como un espacio de acogida y de conversación, algo que no siempre abunda en el mundo académico.

Políticamente, Alan provenía de la izquierda británica de los años sesenta. Con el paso del tiempo, sin embargo, fue moderando sus posiciones. Nunca abandonó su preocupación por la igualdad y la justicia social, pero comenzó a valorar cada vez más los acuerdos y las reformas graduales. Por eso siguió con especial interés la experiencia de la Concertación, en la que veía un intento serio por reconciliar democracia, crecimiento económico y progreso social después de una fractura histórica de enormes proporciones. Una de sus mayores virtudes era que nunca confundía las convicciones con las certezas. Escuchaba con atención, estaba dispuesto a revisar sus propios juicios y entendía que cambiar de opinión frente a la evidencia era una obligación intelectual.

En 2019 intentamos traerlo a Chile desde el Centro de Estudios de Historia Política de la Universidad Adolfo Ibáñez. Nos parecía natural que pudiera reencontrarse con un país al que había dedicado tantos años de reflexión. El viaje, sin embargo, nunca se concretó. Ya no estaba del todo bien de salud y prefirió quedarse en Inglaterra. Con el tiempo he pensado que quizá fue una buena decisión. Quedó en la memoria de muchos como siempre lo conocimos: amable, generoso y con un interés inagotable por lo que ocurría en Chile.

La vida y la obra de Alan Angell recuerdan que la historia de un país no siempre la escriben quienes nacieron en él. Sin haber sido chileno, entendió aspectos esenciales de nuestra vida política y contribuyó a que generaciones de alumnos, dentro y fuera de Chile, la estudiaran con mayor profundidad. Lo hizo sin estridencias ni dogmatismos. En tiempos de polarización y certezas absolutas, ese legado merece ser recordado tanto como sus libros.

Por eso, y por tanto más, gracias, querido Alan.