Las palabras premiadas por el sentimiento, que son las de la sublime e ineludible poesía, a veces no saben orar en silencio, susurrando: “Líbranos del mal”. Y el canto a la guerra comienza especialmente con la tentación del corazón.
Publicada en diarios regionales.
Lamentablemente los vínculos entre la poesía y la guerra han sido más estrechos que los de la poesía y la paz. Como dijo Andrés Bello sobre el poema de la guerra paradigmático, La Ilíada: Homero todo lo vistió de ingenio.
Pues parece que no pocos poetas aman el entusiasmo, dejándose embargar por él incluso cuando su objeto fue la guerra.
La profesora de la Universidad de Chile, María Eugenia Góngora, especialista en literatura medieval, realizó hace décadas una antología de poesía inglesa, francesa y alemana sobre la Primera Guerra Mundial, asunto sobre el que ha vuelto recientemente.
Su selección incluyó a Rupert Brooke (1887-1915), Siegfried Sassoon (1886-1967), Wilfred Owen (1893-1918), T. E. Lawrence (1888-1935), Charles Péguy (1873-1914), Pierre Drieu La Rochelle (1893-1945), Georg Trakl (1887-1914) y Stefan George (1868-1933). Brooke dirá que en la guerra solo la muerte es «amiga y enemiga»; Sassoon, antibelicista y todo, que quienes «luchamos por la libertad, somos libres»; Péguy proclamará que «el voto de la tierra», o sea, de la lucha por ella, es el «comienzo, el ensayo de la primera fidelidad». Y George cantó en su Coro Final: «La dicha de Dios en nosotros floreció».
Son peligrosos los entusiastas románticos, especialmente los de la guerra. Comienzan como una buena nueva, un acontecimiento que dará sentido a las vidas. Acaban con recuerdos que no pueden mencionarse.
Así, en esta antología, el poeta maldito Pierre Drieu La Rochelle, en una extraña oda a sus enemigos alemanes de la Primera Guerra, dice: “L’Idée est altérée de sang”. Que Góngora traduce “La idea está sedienta de sangre”. En español nos suena a “alterada”. La idea es una erinia, una criatura infernal, que está como cebada, ávida de cuajar, de hacerse realidad, hasta con guerra, si fuera necesario.
Por su parte, Georg Trakl se referirá a: “Die ungebornen Enkel”, “Los niños aún no nacidos”, traduce Góngora, todos aquellos mundos que la guerra abortó incluso antes de ser engendrados. La palabra en alemán Enkel (nieto) rima con Engel (ángel). La guerra expulsó del campo de juego a los ángeles.
Pero posiblemente sea el poema pacifista de Wilfred Owen titulado “Dulce et Decorum”, en directa alusión al del poeta Horacio, el más radical entre los volcados hacia el pacifismo.
“La antigua mentira” (“The Old Lie”) ha convencido a muchos que “Dulce et decorum est pro patria mori”, “Dulce y decoroso es morir por la patria”, un dogma que para muchos no puede desmentirse, pues de él depende la sobrevivencia de un pueblo.
Para la Segunda Guerra Mundial, Neruda llora: “Ahora mi corazón está en el suelo”, pero insiste en fantasear con haber luchado contra el fascismo: “Y aunque no combatí en tu cintura / dejo esta granada oscura”.
Las palabras premiadas por el sentimiento, que son las de la sublime e ineludible poesía, a veces no saben orar en silencio, susurrando: “Líbranos del mal”. Y el canto a la guerra comienza especialmente con la tentación del corazón.



