Opinión | El Mercurio, 18 de octubre de 2017

Abstención electoral

Quienes se abstienen no parecen tener una visión más pesimista del estado de las cosas. Visto de este modo, difícilmente se podría interpretar la abstención electoral como un signo de rechazo a la institucionalidad vigente.

Al menos desde hace dos décadas aparecen en el debate público interpretaciones que ven tras la abstención electoral un signo de crisis de las instituciones. Antes, con voto obligatorio, la abstención se expresaba por medio del desinterés de los jóvenes por inscribirse y por votos nulos y blancos. Hoy, con voto voluntario, la abstención se expresa simplemente no acudiendo a las urnas el día de la elección.

En 1998, José Joaquín Brunner, en un artículo publicado en la revista Estudios Públicos, analizaba a los no-votantes: evaluaban igual la situación económica del país y al Presidente de la época que los votantes, además de que priorizaban los mismos problemas que los votantes. Hoy, con voto voluntario y utilizando las encuestas CEP, vemos que las personas que posiblemente se abstuvieron de las elecciones de 2013 y 2016 no evaluaron peor su vida ni la de los demás que los probables votantes. Tampoco calificaron peor su situación económica y la del país ni manifiestan diferencias en cuanto a las prioridades del país, los problemas que el Gobierno debe enfocarse en resolver y los roles que el Estado debe asumir, pero sí evalúan peor la gestión del Gobierno que los eventuales votantes sin importar el signo ideológico de la administración a cargo.

En suma, tanto antes como ahora, quienes se abstienen no parecen tener una visión más pesimista del estado de las cosas. Visto de este modo, difícilmente se podría interpretar la abstención electoral como un signo de rechazo a la institucionalidad vigente.

Ricardo González T.

Ricardo González T.

Áreas de investigación: opinión pública, análisis comparado, bienestar subjetivo, información política, participación electoral, metodología de encuestas.

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