Siglos después, en su libro sobre la inferioridad económica, el historiador Francisco Antonio Encina sostendrá que el exagerado prestigio de las profesiones de índole intelectual perjudicaba el desarrollo de oficios vinculados a la técnica.
En una columna anterior me referí a las manos en la historia de Chile. Los ibéricos que vinieron a conquistar y poblar lo que luego se convirtió en el Imperio Español en América, no habrían sido tanto los grupos de trabajadores ya empleados para distintas labores que incumbían a las manos en el mundo anterior a la Revolución Industrial como más bien otros, personas que por su estatus social no podían emplearlas sin perderlo, esas que debían dedicarlas exclusivamente a la guerra o a la cena eucarística. En su mayoría, los vástagos sin herencia de la baja nobleza, especialmente hidalgos, amos-mancos. No sin razón el ensayista Alberto Edwards dijo que muchos de ellos se habían extinguido en las campañas bélicas de Arauco y en las casas de vida religiosa.
Pues bien, una situación por el estilo obligaba a servirse de otras manos, a exprimir el lenguaje de las palabras, de las miradas y los gestos, todo aquello que va desde órdenes impartidas con estridencia hasta sutiles sugerencias casi telepáticas. Así, los actos comunicativos en el sentido más anticuado de la expresión se hicieron, además de primordiales, sobreabundantes. Las palabras no de reyes, príncipes, duques, marqueses, condes, barones, y sí las de simples hidalgos migrados al Nuevo Mundo fueron el llavero principal.
Siglos después, en su libro sobre la inferioridad económica, el historiador Francisco Antonio Encina sostendrá que el exagerado prestigio de las profesiones de índole intelectual perjudicaba el desarrollo de oficios vinculados a la técnica. Como si, en términos de Aristóteles, los chilenos hubiesen prescindido de la victud dianoética del arte o técnica para dedicar esfuerzos a las del conocimiento especulativo.
El predominio de las palabras habría significado una época de cantos de gestas a la guerra del fin del mundo en la que cientos de contingentes del imperio se trenzan en lucha y desangran (siglos XVI-XVII); las sucesivas relaciones de méritos ante la lejana corte para salir al paso de habladurías, chismes, intrigas que orbitaban y siempre penetraban su atmósfera (XVI-XVIII); los pleitos locales llevados a la actividad forense, de demandas, contrademandas, réplicas dúplicas, escritos por doquier, pruebas documentales, falsos testimonios (XVIII-XIX); posteriormente, la época de las historiografías, una de ellas tan descomunal como la de Diego Barros Arana (XIX). Y, finalmente, la fase que vivimos hasta hace algunas décadas, la de la poesía chilena de niveles mundiales, con dos premios Nóbel, y una pléyade que se ha dicho que comienza con Carlos Pezoa Véliz (XX-XXI).
Qué duda cabe, la historiografía social de Gabriel Salazar y compañía tuvo la genialidad de indagar con inconformismo el mundo que se desarrolló paralelamente a las distintas épocas de palabras prestigiosas. En efecto, hubo una dinámica de servicios, más o menos rebeldes, de independencia relativa (ellos dicen soberanía), que podría llamarse de no-mancos o, si se quiere, de amos-mudos a los oídos oficiales. Ahí quedamos, por ahora.



