Opinión | Pulso, 8 de julio de 2018

Argentina y sus incertidumbres

La sensibilidad del público al precio de la divisa y su alta relación con la inflación llevó al Banco Central a intervenir masivamente, vendiendo dólares en el mercado para así detener su aumento. Luego, a subir drásticamente las tasas de interés.

Los acontecimientos económicos en Argentina durante las últimas semanas han sido dramáticos. El aumento en las tasas de interés en Estados Unidos más ciertas dudas que empezaron a surgir sobre algunos países emergentes se tradujeron en una significativa salida de capitales de estos últimos, entre los que Argentina fue particularmente afectada. La posición más vulnerable de esta economía hizo que la salida de capitales fuese más aguda, lo que produjo presiones al alza en el tipo de cambio. La sensibilidad del público al precio de la divisa y su alta relación con la inflación llevó al Banco Central a intervenir masivamente, vendiendo dólares en el mercado para así detener su aumento. Luego, a subir drásticamente las tasas de interés. A pesar de estas medidas, no se logró detener la corrida y el peso argentino se depreció en más de 40%. Cuando la situación se hizo incontrolable, el gobierno decidió acudir al Fondo Monetario Internacional (FMI) para lograr apoyo financiero.

El FMI comprometió recursos por hasta 50.000 millones de dólares, de los cuales ya se aprobó un primer tramo de 15.000 millones de dólares. Acudir a esta institución fue una decisión difícil, ya que el vecino país no goza de gran prestigio luego de las fuertes diferencias que tuvieron ambas partes en años previos, en particular luego de la crisis de principios de los 2000. No obstante, una vez desatada la turbulencia, era inevitable solicitar la ayuda del Fondo. Obviamente, si las cosas se hubieran hecho diferente antes, es muy probable que no se hubiera llegado a esta instancia. Con todo, la crisis argentina reciente nos deja varias lecciones, algunas de las cuales se comentan a continuación.

La primera dice relación con los riesgos de la gradualidad de un plan económico que tiene como uno de sus elementos principales un ajuste fiscal. Es cierto que un plan más agresivo implicaba riesgos políticos no menores, pero también es cierto que la gradualidad fue extrema. De hecho, entre 2015 y 2017 el déficit fiscal primario (que excluye intereses) prácticamente no cambió. Recién para 2018 estaba anunciada una reducción más significativa. El punto es que con esta gradualidad pasa mucho tiempo hasta que la situación fiscal deja de ser un problema, y durante todo ese lapso una espada de Damocles pende sobre la economía. Cualquier disrupción se puede transformar en un evento mayor. En esta oportunidad, la disrupción fue la salida de capitales de países emergentes, entre los cuales Argentina probó ser de los más expuestos. El programa con el FMI obliga a un ajuste fiscal bastante más agresivo en adelante.

Lo segundo se refiere a la importancia de la autonomía de los bancos centrales. La imagen a fines del año pasado de autoridades de gobierno anunciando aumentos de metas de inflación y dando la impresión de una total subordinación de la política monetaria al Ejecutivo, fue un golpe duro contra la credibilidad del Banco Central y contra el proceso desinflacionario. Esa pérdida de credibilidad ciertamente está en el centro del posterior ataque al peso argentino, con todas las consecuencias que ello ha traído.
No se puede dejar de mencionar la importancia del esquema de política macroeconómica y en eso destacar cómo a lo largo de los años en Chile hemos transitado hacia un diseño que nos prepara mejor para eventos disruptivos que vienen del exterior. En nuestro país tenemos un esquema de metas de inflación con tipo de cambio flexible y una regla fiscal. Cuando se produce una salida de capitales de mercados emergentes, ello, sin duda, afecta a Chile, aunque menos que a otros países por su solidez institucional y macroeconómica. El peso se deprecia en algo, no hay intervención cambiaria y las tasas de interés no cambian mayormente. En el vecino país, en cambio, la depreciación es mayor, tiene una connotación muy negativa, el Banco Central sale a defender la moneda vendiendo reservas, como no es suficiente sube las tasas de interés en forma dramática y todo ello tiene un efecto importante en la economía real.

El programa del FMI fue de un monto significativo y debería ayudar a calmar los mercados. No obstante, todo este episodio hace surgir otra nube en el horizonte que puede ser tan complicada como la anterior. Ella se relaciona con sus consecuencias políticas. En primer lugar, ya se destacó que un programa de ajuste liderado por el FMI no es muy popular en un país como Argentina. En segundo lugar, el ajuste monetario y el fiscal, más la fuerte volatilidad e incertidumbre de los últimos meses, tendrán un efecto no menor en la actividad económica. De hecho, en abril ya se aprecia algo, con una caída de 0,9% en la actividad, luego de que había subido 3,6% el primer trimestre.
Todo esto pone una duda relevante sobre si Macri logrará la reelección el próximo año. Las elecciones son en octubre de 2019, y a menos que haya una recuperación muy rápida, la situación económica podría jugarle en contra. Lo ayuda que la oposición esté bastante desacreditada, pero aquí encontrarían un factor común para rearmarse. Si a la situación económica se agrega la incertidumbre política se configura un cuadro no del todo favorable para nuestro vecino.

 

Foto: El frontis del Banco Central argentino en Buenos Aires, ene 8, 2018. REUTERS/Agustin Marcarian.

Rodrigo Vergara M.

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