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Britten

Joaquín Trujillo S..

Britten

Este himno de Britten, sin embargo, deja perplejo. Uno podría aventurar que explora una especie de diálogo interreligioso, haciendo a un coro inglés (anglicano) entenderse con otro en latín (católico). Pero es mucho más que eso.

Hace unos días, el Coro del Instituto de Música de la Universidad Católica, en el que participan miembros de distintas agrupaciones corales de todo Chile, ofreció un recital de obras sacras del compositor británico Benjamin Britten (1913-1976) en una iglesia anglicana.

Britten es, sin duda, el compositor inglés más importante del siglo XX y, podría decirse, tal vez de la historia de Inglaterra junto a Henry Purcell (16591695), ya que a Handel se le considera alemán (técnicamente se nacionalizó británico en 1727). La música de Britten para coro mixto y órgano es muy distinta a la que podríamos imaginar; sus aspectos lúdicos y hasta sus travesuras saltan al oído. El órgano se transforma en una verdadera jugarreta. Casi podría escandalizar a esas personas que alegan que la religión carece de momentos cómicos; que puede que no sea trágica, pero eso no hace de ella un chiste. La calificación de “drama” para la religión cristiana tal vez sea exacta, aunque el hecho de que Dante Alighieri la haya resumido como Commedia debería hacernos pensar dos veces. En rigor, si no tiene un final feliz, al menos ofrece esa posibilidad.

Y, claro, Britten es bastante más conocido por sus óperas nativas cantadas en inglés, unas tan inquietantes como Billy Budd (1951) y Muerte en Venecia (1973), basadas en las novelas homónimas de Herman Melville y Thomas Mann, respectivamente. En su famosa Opera Peter Grimes (1945), que ha sido montada en el Teatro Municipal de Santiago, uno de sus actos transcurre interrumpido de tanto en tanto por, precisamente, la música sacra procedente de una capilla en un pueblo de pescadores; todos ellos, salvo honrosas excepciones, convencionales e hipócritas.

Nunca me ha convencido esta música religiosa –entre la que se cuenta una tan célebre como A Ceremony of Carols–, lo confieso; pero el programa incluyó una pieza verdaderamente extraordinaria. Compuesta por Britten a los 16 años, mientras convalecía en una enfermería, A Hymn to the Virgin (1930) es una obra en la que el coro principal canta en inglés y un cuarteto de voces aparte va respondiendo en latín, logrando una antífona simple e impresionante. Los himnos a la Virgen en el culto anglicano no son lo más común; la devoción mariana es característica del catolicismo. Es más, en 1854, cuando el papa Pío IX proclamó un nuevo dogma, el de la Inmaculada Concepción, las distancias entre ambas religiones se hicieron insalvables, al punto que muchos ingleses resumen sus diferencias diciendo simplemente que los católicos “son los que creen en la Virgen”.

Este himno de Britten, sin embargo, deja perplejo. Uno podría aventurar que explora una especie de diálogo interreligioso, haciendo a un coro inglés (anglicano) entenderse con otro en latín (católico). Pero es mucho más que eso. Ambos grupos corales –uno flexible y hasta disparatado; el otro, rígidamente sublime– dan la impresión de estar encarnando, y no nada más que representando, la época moderna y la medieval.

Curiosamente, Britten coronó esta música coral con un oratorio dedicado a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial: el War Requiem (1962).