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Carta de un conocido

Joaquín Trujillo S..

Carta de un conocido

Desde Lima, el 15 de noviembre de 1854, Francisco Bilbao escribió a Bello una carta de pésame por el fallecimiento de su hijo, Carlos Bello Boyland (1815-1854), que había sido amigo de Bilbao. La carta, que bien pudiera haber tenido la sequedad de alguien que mantenía cuentas pendientes con su destinatario, fue una alta expresión de nobleza.

Entre las muchas efemérides que ha dejado 2025, no solamente están los 100 años de la promulgación de la Constitución de Arturo Alessandri Palma (1868-1950), los 160 de la muerte del destacado sabio Andrés Bello López (1781-1865) y los 150 del nacimiento de su bisnieta, la escultora Rebeca Matte Bello (1875-1929), sino además los 160 años del fallecimiento de uno de los personajes más controversiales del siglo XIX: el pensador y político progresista Francisco Bilbao Barquín (1823-1865), quien murió en Buenos Aires, atacado por una tuberculosis que contrajo tras haberse arrojado a un río para rescatar a una mujer.

Francisco Bilbao fue uno de aquellos revoltosos que participaron en los levantamientos contra el presidente Manuel Montt Torres (1809-1880). Bilbao sufrió una gigantesca “capotera” con la publicación de su libro “Sociabilidad chilena”, razón por la cual fue apartado de la academia sin que Andrés Bello hiciera nada por impedirlo.

Bilbao vivió en Francia, en donde tomó contacto con importantes figuras intelectuales del momento entre ellas, Félicité Robert de Lamennais (17821854) y Jules Michelet (1798-1874). Fue, asimismo, muy importante en la elaboración del término “Latinoamérica” para referirse a la América no anglosajona. José Marti Pérez (1853-1895) lo describió en estos términos “El pobre muerto chileno, con sus ojos de [Gustavo Adolfo] Bécquer y su frente de [Giuseppe] Mazzini, y su cabellera ostentosa de estudiante, siempre inquieta con el fuego de adentro, que mandaba propagar por el mundo la verdad racionalista”.

Desde Lima, el 15 de noviembre de 1854, Francisco Bilbao escribió a Bello una carta de pésame por el fallecimiento de su hijo, Carlos Bello Boyland (1815-1854), que había sido amigo de Bilbao. La carta, que bien pudiera haber tenido la sequedad de alguien que mantenía cuentas pendientes con su destinatario, fue una alta expresión de nobleza. Podemos imaginar al viejo Bello leyéndola entre lágrimas, esas que eran tan raras en él:

“Árbol majestuoso de la zona tórrida trasplantado a Chile -comenzaba diciendo de inmediato la misiva-, caen tus hojas en el invierno de la vida. El soplo de la muerte destroza tus injertos, dan sombra al sepulcro de tus hijos. Has cobijado a una generación literaria allá en mi tierra. Has alimentado a las inteligencias y has refrescado los cerebros ardientes, señalando las estrellas al través de tu follaje. Hoy tu sombra es sagrada. Mansión del dolor y de la muerte, nos acercamos en silencio a escuchar el soliloquio del padre conversando con las memorias de los que ya no son”.

El gesto de Bilbao es una lección de ética y política. Es cierto que este tipo de cartas se estilaban, pero la suya desmentía cualquier formalidad insincera.

Pues bien, cada vez que Chile se interna en épocas de grandes tensiones, son este tipo de comunicaciones las que han hecho la diferencia. Cada una de ellas detuvo un proceso de rigidización, trajo una brisa distinta, dio un empujón de vida a la vida, no apagó, pero sí refrescó, un cerebro que, ardiendo, en sí mismo se consumía.