Opinión El Mercurio, 6 de enero de 2013

¿Castas en Chile?

Sergio Urzúa |

Chile ha progresado, pero no ha logrado disminuir las brechas socioeconómicas de su población. La desigualdad es nuestra piedra en el zapato. La apuesta para revertir la molesta situación ha estado en la educación. Esta debería equilibrar la cancha brindando oportunidades. Y la gente así lo creyó. De acuerdo con la última encuesta CEP, los chilenos consideran que educación, junto a delincuencia, es el problema que requiere la mayor dedicación del Gobierno. Hace cuatro años, el tema no estaba en la lista de las tres principales preocupaciones de los chilenos.

Por eso quizás la frustración ante los resultados de la última PSU. Año a año, los números demuestran que, en promedio, los alumnos provenientes de establecimientos privados aventajan largamente a los de establecimientos subvencionados y públicos. Sin embargo, culpar a la PSU del fenómeno es equivocado -más allá de que el instrumento pueda ser mejorado-, pues las disparidades en el sistema emergen tempranamente. Por de pronto, estas ya aparecen en los resultados del Simce de cuarto básico. Así, en nuestro país el futuro del alumno está definido no a los 18, sino que antes de los 10 años. Ni el ranking de notas, ni cuotas, ni créditos baratos, ni otras medidas de discriminación positiva en el acceso a la educación superior cambiarán esta situación; de hecho, pueden profundizarla.

Pero como era de esperar, y aunque no se discute, estas desigualdades en logros académicos se traducen al final del día en pesos. Estudios recientes muestran que quienes estudiaron en establecimientos privados obtienen, en promedio a los 30 años de edad, salarios casi 500 mil pesos por sobre los percibidos por quienes estudiaron en establecimientos públicos. Así, la dependencia del establecimiento educacional no solamente determina la suerte del alumno en la PSU, sino que también lo acompaña en su vida laboral.

Es esta realidad la que debe ocupar a las políticas públicas. Chile no puede transformarse en un país de castas. Por décadas privilegiamos el acceso por sobre la calidad. Incentivamos a miles de jóvenes a acceder a la educación superior sin asegurar que estuviesen preparados para hacerlo. Con los años, las brechas de la PSU se han transformado en el mejor reflejo de una realidad que ya conocíamos a partir del Simce: el sistema de educación como un todo no genera los niveles de movilidad social deseados.

Pero cambiar esto tomará tiempo y requerirá brindar mayor atención a lo que ocurre en los primeros años, concientizar a las familias de su importante rol y proveer una educación pública competitiva y de real calidad, todos temas que deberán ser abordados por los candidatos en este año electoral. En este contexto, el debate técnico serio apremia, pues esca-sean las buenas ideas. No hay duda que el silencio y la pasividad en estas materias no contribuirán a revertir lo construido.

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