Opinión El Mercurio, 23 de diciembre de 2012

Chilenos: ya no da el ancho

Sergio Urzúa |

Es la hora de almuerzo y el local de comida rápida está atestado. En el menú abundan el pan, la carne y la mayonesa. Las ensaladas brillan por su ausencia y el agua es más cara que la bebida.

Pido un sándwich de pollo. La orden viene acompañada de un cerro de papas fritas, el que devuelvo, sorprendiendo con esto a la cajera.

-¿Por qué las devuelve? -me pregunta-. ¿No le gustan?

-Me encantan -le contesto-, pero la satisfacción inmediata de comerlas no compensa el sufrimiento futuro de los kilos de más que causan.

-Muy raro usted -me replica-. Es la primera vez que me devuelven papas fritas. De hecho, siempre piden más.

Los niveles de sobrepeso y obesidad en Chile están creciendo a tasas alarmantes. Mientras en 2003 sufrían de sobrepeso 6,8 millones de personas mayores de 15 años, en 2010 ese número alcanzó los 8,9 millones. Actualmente, 7 de cada 10 chilenos mayores de 15 años sufren de esta condición, y de ellos casi la mitad son obesos. El problema también afecta a los niños. Los datos del Simce de Educación Física 2011 muestran que 34,5% de los niños de 14 años tienen un índice de masa corporal sobre lo normal, y 12,6% es obeso. Preocupa también la asociación de este fenómeno con pobreza. Entre los colegios calificados como de nivel socioeconómico bajo, la tasa de obesidad alcanza casi el 15% en 8° básico, mientras que en los de nivel alto ese porcentaje no supera el 4,5%.

La gordura cuesta plata. Se estima que el cuidado de salud de un individuo obeso es 40% más alto que el de una persona de peso normal. Y aunque el mito popular señale lo contrario, la evidencia indica que la obesidad reduce la felicidad. Además, esa condición sugiere la incapacidad de la persona de autocontrolarse, una señal negativa de su personalidad. Bien lo sabe el pesado y popular gobernador de New Jersey, Chris Christie, cuando en una entrevista le preguntaron si era muy gordo para ser Presidente de los Estados Unidos.

Las respuestas de las políticas públicas han sido poco exitosas. Los impuestos o subsidios sobre determinados alimentos no han sido eficaces, como no lo han sido las restricciones sobre las ventas, y el informar el contenido calórico de las comidas tampoco ha tenido los efectos esperados.

Políticas educativas que inculquen el autocontrol y el comer sano aparecen como las alternativas más costo-efectivas en el largo plazo. En el corto plazo, programas sociales de promoción de la actividad física, que incluyan incentivos económicos, pueden ser la solución.

Mientras avanzamos en esa dirección, lo invito a controlarse y dejar las papas fritas a un lado. De otro modo, terminará no dando el ancho.

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