Opinión Revista Qué Pasa, 30 de agosto de 2012

Más allá del lucro

Arturo Fontaine T. |

El martes pasado el CEP invitó a Carlos Williamson, Ricardo Paredes y Carlos Peña a debatir sobre "Lucro y Universidad". La última exposición fue la del director del centro de estudios, Arturo Fontaine, quien agregó un nuevo ángulo: vincular la cultura de la filantropía a esta discusión. Aquí un extracto de su presentación.

Quisiera aproximarme al tema desde otro ángulo: ¿Queremos que haya universidades sin fines de lucro o no? ¿Queremos que se desarrolle una cultura de la filantropía en el campo de la cultura o queremos que eso sea sólo tarea del Estado? Porque la mezcolanza corroe la confianza que hace posible que surja una cultura de la filantropía. La desconfianza que produce es tal que daña el prestigio del empresariado, deslegitimando el capitalismo. Los gobiernos, entonces, retiran los beneficios tributarios y concentran el control de la cultura. Porque la gracia de la filantropía es que fomente la diversidad y el pluralismo en la cultura. Si eso no ocurre, pierde sentido.

¿Para qué donar a una universidad sin fines de lucro si la de al lado tiene utilidades y sus controladores prosperan gracias a ella? ¿No hace el loco un rector que solicita dinero como donación para un proyecto si su competidor no sólo no requiere donaciones sino que obtiene utilidades? ¿Qué pensará de él el potencial donante? ¿No lo mirará como a un leso incompetente? ¿De cuándo acá un empresario le pide a otro una donación para su negocio?

Y mirado desde el Estado: ¿por qué el gobierno va a sacrificar parte de lo que recauda para que asignen ese dinero a personas que a la hora de hacerlo, por ejemplo, no valoran la calidad de la universidad y su importancia para el país y sólo se guían por criterios ideológicos o religiosos? ¿Por qué darles beneficios tributarios a empresas lucrativas que deberían estar pagando impuesto a la renta?

El negocio que se presenta como filantropía es como una compraventa que se hace pasar por regalo. Empequeñece y envilece a quien lo da.

Esta majamama de universidades sin fines de lucro que, al mismo tiempo, tienen fines de lucro, que son y no son, que son lo que no son y no son lo que son, tiene un efecto corruptor de la filantropía.

¿Es quizás que nuestra sociedad no puede cultivar la filantropía, no sabe hacerlo, o tal vez muchos de nuestros empresarios, en el fondo, no creen en ella? ¿Será que algunos de nuestros economistas -o quienes han sido sus profesores- piensan que el mero crecimiento económico genera y consolida instituciones capitalistas, las que se sostienen por esa sola causa de manera mecánica? ¿Será que, sin saberlo, quizás, son materialistas históricos, cándidos y desaprensivos discípulos de Karl Marx?

Si Putnam, si Douglas North, si Acemoglu en su libro reciente tienen razón, la cosa es más bien al revés: son las instituciones socioeconómicas y políticas que Acemoglu llama “inclusivas” las que generan el crecimiento económico sostenido. Esas instituciones surgen de una cultura inclusiva y desde allí se legitiman. El crecimiento económico las refuerza y se produce así un círculo virtuoso.

Lo que nos hace falta es una cultura universitaria inclusiva y meritocrática. De allí la importancia central que le atribuyo al fortalecimiento de la educación pública. La filantropía puede hacer una contribución muy importante al país si asume ese desafío en lugar de concentrarse en proyectos exclusivistas de menor alcance republicano.

Sin embargo, tenemos una cierta tradición filantrópica: el Parque de Lota, el Parque Forestal, el Parque O´Higgins, el Palacio Cousiño son donaciones al país de la familia Cousiño. Y las hay en muchas otras áreas. En el campo universitario, la Universidad de Concepción, la Austral, la Federico Santa María, la Católica son universidades privadas sin fines de lucro. Y, más recientemente, la Adolfo Ibáñez, la Portales, la Finis Terrae, la de los Andes, la Padre Hurtado...

Y no cabe duda que la filantropía en Estados Unidos ha mostrado que en los empresarios puede haber, de veras, generosidad, puede haber grandeza. Y eso le ha dado un rostro más humano al capitalismo.

“La caridad había sido para los necesitados, la filantropía sería para la humanidad”, escribe Olivier Zunz. Este es un primer distingo que se desprende de la experiencia de Estados Unidos. Como vio ya Tocqueville, el sistema americano depende mucho del “arte de la asociación” y la filantropía es una expresión de esa capacidad de servir causas comunes desde la iniciativa privada.

Las instituciones sin fines de lucro son la expresión jurídica de una distinción esencial: un contrato no es lo mismo que una donación. Las investigaciones de Marcel Mauss encontraron esta distinción en pueblos muy primitivos. Y aunque a veces la diferencia no sea obvia, creo que todos nos damos cuenta de que no es lo mismo comprar una botella de vino que recibir de regalo una botella de vino. Así como no es lo mismo para una mujer vender una noche de amor que regalarla. ¿Les parece razonable esta distinción o será el resabio de un concepto romántico?

Yo creo en esa diferencia. Para mí es una distinción sin la cual no podría imaginarme como ser humano. La amistad es un regalo, como lo es, por supuesto, el amor. “Por muy egoísta que se suponga al hombre, hay evidentemente en su naturaleza algunos principios que lo hacen interesarse en la suerte de los demás, y que hacen que su felicidad sea necesaria para él, aunque no obtenga nada de ello, salvo el placer de contemplarla”. Acabo de citar a Adam Smith. Ésta es la raíz de la filantropía. La filantropía norteamericana moderna comienza después de la guerra civil y se consolida a comienzos del siglo XX. Johns Hopkins, Ezra Cornell, Leland Stanford y John D. Rockefeller fundan las célebres universidades de Johns Hopkins, Cornell, Stanford y Chicago. Su proyecto es modernizar la vida universitaria, desarrollar las ciencias, las humanidades y las profesiones universitarias con rigor académico y sin la tutela de las órdenes religiosas. Porque hasta ese momento las donaciones estaban muy ligadas a la religión y la ayuda a los pobres, lo cual tiene un carácter más exclusivista y privado. Lo nuevo fue el enfoque republicano, progresista y secular. Universidades más tradicionales como Harvard, Yale, Princeton, Columbia, entre otras, se incorporan algo más tarde a esta misma visión. Por cierto, también se nutren hasta hoy de donaciones. Universidades como Stanford, Yale, Harvard, Columbia obtienen de la matrícula de sus estudiantes menos del 20% de su presupuesto. El resto proviene de donaciones y de aportes del Estado. Incluso en muchas buenas universidades estatales sucede algo parecido. Por ejemplo, Stony Brook, una universidad estatal más bien pequeña, obtiene el 18% de sus recursos de la matrícula de los alumnos.

Por supuesto, la filantropía va mucho más allá de lo universitario: la salud, la beneficencia, la religión... La National Gallery de Washington es una donación de la familia Mellon, por ejemplo. Imaginen lo que significa Peggy Guggenheim y el Museo Guggenheim -hoy en una serie de ciudades del mundo- para la historia del arte del siglo XX. La Carnegie Institution for Science, para dar otro ejemplo, está aportando 59,2 millones de dólares a la construcción del Giant Magellan Telescope que se levanta cerca de La Serena y que será lo más avanzado del mundo en su tipo.

El modelo para los filántropos norteamericanos fue el mecenazgo de la nobleza burguesa de las ciudades italianas que financian el Renacimiento en Florencia, en Siena, en Milán, en Roma... Los Medicis eran banqueros. Una figura central de esta transformación en Estados Unidos será John D. Rockefeller que lidera, de algún modo, el proceso y dedica su vida entera a construir una cultura de la filantropía.

Porque la filantropía no es sólo donación privada. Es, también, un beneficio tributario que el Estado concede al que dona en ciertos ámbitos. La legislación, entonces, fue modificada -y en esto Rockefeller juega un papel importante- para estimular el compromiso privado en causas de bien general. La filantropía es una mezcla público-privada surgida al interior del capitalismo norteamericano y que no ha sido fácil exportar con éxito. Al ayudar a los demás, me ayudo. Hay algo de eso, creo. No hace mucho un grupo de 40 grandes empresarios liderados por Warren Buffett y Bill Gates se comprometieron a donar el 50% de sus fortunas. Salta a la vista el tremendo poder legitimador que tiene algo así para el capitalismo.

La institución sin fines de lucro recibe donaciones y luego las administra como si fuera una empresa privada corriente, sólo que los excedentes deben ponerse al servicio de los fines que persigue la institución. Los excedentes, a diferencia de lo que ocurre en una empresa con fines de lucro, no pueden distribuirse entre los controladores. Ése es el concepto.

No es que el decano de una facultad no busque dinero y el dueño de un hotel sí. Ambos necesitan dinero. También la Madre Teresa de Calcuta necesitaba dinero para poder acompañar y aliviar a los muribundos a quienes dedicó su abnegada vida. Pero la orden que dirigió la Madre Teresa de Calcuta no es una empresa comercial. Aunque el dinero que reciba lo invierta en acciones, bonos y propiedades, como si fuera una empresa. Columbia University, donde estudié, es el principal landowner de Manhattan. Cuando se nombra a un nuevo vicerrector económico es entrevistado en The Wall Street Journal. Lo mismo sucede con el de Harvard: su endowment es aproximadamente equivalente a Codelco... Pero la rentabilidad de esas inversiones se destina a la universidad, es decir, a sueldos de profesores, proyectos de investigación, bibliotecas, laboratorios, etc.

Y, por supuesto, los profesores de cirugía de la Escuela de Medicina prestan servicios como médicos, es decir, operan y obtienen por ello una remuneración de mercado, y gracias a ello los estudiantes aprenden a operar con un cirujano que sabe y está al día. Y si un grupo de investigadores descubre una patente, es común que se asocien con la universidad para explotar comercialmente esa patente. Se trata de actividades académicas. Y la editorial de la universidad vende los libros que edita, y si hay utilidades son de la unversidad. Y así.

Pero hay áreas en las que la venta de servicios no es posible y la universidad las financia. No son los servicios académicos ni la matrícula de los estudiantes los que financia a los historiadores, por ejemplo. Los cursos del College tradicional se centran en disciplinas matrices _x0007_-historia, matemáticas, ciencia política, música, física, filosofía, arte, economía, biología, literatura- y esa docencia -que requiere profesores talentosos y de gran vocación- está en el corazón de la formación del joven que pasa por la universidad. A eso se dedican los cuantiosos recursos que reciben de personas, de empresas y del Estado. Los beneficios tributarios y aportes para la investigación se merecen porque la universidad, en su docencia y en su investigación, debe producir externalidades positivas, generar bienes públicos.

“Nosotros en los Estados Unidos -escribe Martha Nussbaum- debiéramos hacer una pausa en este punto y agradecer nuestras tradiciones, que combinan un modelo de artes liberales con el cultivo de una vigorosa filantropía humanística y una estructura de financiamiento basada en las donaciones privadas”. Para dar una idea: según el Bureau of Economic Analysis, el año 2009 el sector sin fines de lucro representaba el 5,5% del GDP.

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