Opinión El Mercurio, 3 de enero de 2013

Postulando bajo extrema incertidumbre

Sergio Urzúa |

Con puntaje PSU en mano, miles de jóvenes inician el proceso de postulación al sistema de educación superior. Pero este será un proceso especial, caracterizado por la incertidumbre derivada de la lamentable situación de algunas de las instituciones que participan del sistema y por el desconocimiento de la real calidad de muchas otras. Las implicancias no son menores: los jóvenes deberán decidir si, dónde y qué estudiar, a sabiendas de que un título universitario no es necesariamente sinónimo de un mejor futuro, particularmente si se obtiene en una institución de dudosa reputación.

La situación incomoda, pero las crisis ofrecen oportunidades y, en el mediano plazo, el sistema saldrá fortalecido. Por lo pronto, el contexto actual obligará finalmente a los jóvenes a evaluar los costos y beneficios por sobre la engañosa propaganda de una pseudouniversidad. Al mismo tiempo, las buenas casas de estudios harán esfuerzos para distinguirse de las malas, las que a su vez tendrán los incentivos para mejorar. Esto requerirá apelar a medidas objetivas y comparables de calidad, dejando de lado la actual falaz acreditación. Las carreras técnicas con prestigio, por su parte, aumentarán su competitividad en una sociedad que por décadas ha apostado a que sólo un título universitario es sinónimo de prosperidad.

Sin embargo, este optimismo futuro no alivia la situación del joven hoy en el margen, aquel con un puntaje que no le permite acceder a la carrera e institución que lo ilusionan. Es él, sin duda, el más afectado por la incertidumbre. Pero en el Chile actual, donde existen grandes posibilidades de emprender e innovar, donde se necesitan más técnicos, donde escasea la mano de obra -¿se imagina lo que hubiese sido esta crisis con un mercado laboral en peor pie?-, donde existe evidencia de que los retornos económicos de estudiar en la universidad pueden ser negativos, quizás sea mejor no embarcarse en un proyecto de cuestionable calidad.

La verdad, aunque duela, es que ningún Sernac o superintendencia logrará devolver los años invertidos en lo que al final del día podría transformarse simplemente en una cara desilusión.

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