Opinión El Mercurio, 19 de agosto de 2012

¿Sueños o pesadillas?

Sergio Urzúa |

Más educación, un mejor futuro. Éste es el mensaje que hemos escuchado por décadas, y la población ha respondido. Mientras los chilenos nacidos en la década de 1940 enfrentaban una expectativa educacional inferior a ocho años de estudios, los nacidos en los años 50 rozaban los 10 años, y a fines de los 70 los años esperados de estudio ya superaban los 12. Para las nuevas generaciones este proceso será mucho más vertiginoso, dado el aumento sin precedentes en la cobertura de la educación superior de los últimos 20 años. Hoy, el objetivo de nuestros jóvenes es alcanzar este nivel, particularmente la universidad. Por eso, no sorprende que un título universitario sea visto como un pergamino valioso, una señal de éxito inequívoco.

Pero si a través de los años nos hemos ido convenciendo del mensaje, ¿no deberíamos haber modificado también nuestras expectativas respecto del futuro de nuestros hijos? Mal que mal, en las condiciones actuales, ¿no es sinónimo de fracaso no alcanzar la universidad?

Los datos del Simce permiten estudiar la evolución de las expectativas, y los datos sorprenden. En 1999, el 48 por ciento de los padres con hijos matriculados en 4° básico creía que éstos alcanzarían estudios superiores. Sólo 10 años después, este porcentaje alcanzó a 85 por ciento, superior incluso a las tasas de cobertura de los países de la OCDE. Este aumento de expectativas también se observa entre padres de estudiantes que asisten a colegios públicos: las tasas esperadas de acceso al sistema de educación superior pasaron de 30 por ciento a más del 70 en 10 años. Fenómenos similares se observan entre madres sin estudios secundarios (de 20 a 65 por ciento), entre las familias más pobres (para el primer quintil, las tasas esperadas de acceso al sistema de educación superior pasaron de 18 a 63 por ciento), e incluso entre padres con hijos con malos resultados educacionales (las expectativas de acceso de familias con hijos con puntajes en el primer decil del Simce pasaron de 18 a 67 por ciento).

Y la historia no termina allí. La inflación de expectativas también ha motivado cambios en los hogares más acomodados. Mientras en 2002 el 23 por ciento de los padres de estudiantes de 4° básico en colegios privados esperaba que ellos alcanzaran un posgrado, siete de cada 10 padres lo creen en 2010.

Las implicancias de estos anhelos -justificados, pero quizás desmedidos- son difíciles de predecir. Si bien altas expectativas son motores del desarrollo y crecimiento de un país, cuando ellas son sobredimensionadas pueden originar presiones sociales negativas (¿estaremos viendo algo de esto?). Por eso, el desafío para las políticas públicas es ayudar a las familias a abrigar expectativas reales y bien fundadas. Esto implica brindar mayor atención a la educación básica y media. Hay que evitar que los sueños se transformen en pesadillas.

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