Estudios Públicos N° 28, 1987

Las tribulaciones del César

Antonio Cussen |

El poder de Roma, tras la muerte de Julio César el año 44 a.C., se disputaba entre Marco Antonio y Octaviano, hijo adoptivo de Julio César. Después de muchos intentos de alianza y de muchos pactos no cumplidos, los dos triunviros se enfrentaron en la batalla de Accio, en la que vencieron las fuerzas de Octaviano. Al regresar a Roma, según cuenta el historiador Dión, el nuevo César mandó llamar a sus dos consejeros principales, Agripa y Mecenas, con el fin de que propusieran la forma de gobierno más apropiada para la república romana, tantos años devastada por las guerras civiles.

Agripa, comandante en jefe de las legiones del César, se mostró partidario de preservar el sistema republicano y contrario a la concentración del poder en un solo hombre. Este fue uno de sus argumentos: “A la naturaleza humana no le place que la gobierne siempre una misma persona, ni soporta compartir los sacrificios, los peligros y los gastos si no puede participar en materias de más altura”.

Mecenas presentó la posición opuesta, recomendando el mando de uno solo: “Pon fin a la insolencia del pueblo”, le dijo al César, “y hazte cargo tú, junto a los mejores hombres de la ciudad, del manejo de los asuntos públicos. La libertad que tanto celebran las muchedumbres es en realidad la más amarga esclavitud para los privilegiados y ocasiona la destrucción de unos y otros”.

El César no desestimó del todo los consejos de Agripa y de hecho en un obituario se jactaba de haber restituido la república. Pero fue a Mecenas a quien escuchó más atento y en el lapso de 41 años que duró en el poder —desde su nombramiento como “Augusto” por parte del Senado en el año 27 a.C. hasta su muerte en el año 14 d.C.— sentó las bases de la monarquía occidental.

74.476 SEGUIDORES SÍGUENOS
23.937 SEGUIDORES SÍGUENOS
11.569 SEGUIDORES SÍGUENOS
9,476 SUSCRIPTORES SÍGUENOS
2.424 SEGUIDORES SÍGUENOS