Estudios Públicos N° 122, 2011

El pupitre del escritor

Silvia Hopenhayn |

Las primeras ficciones de Mario Vargas Llosa —advierte S. Hopenhayn en este ensayo— se nutren de su experiencia en el Colegio Militar Leoncio Prado entre 1950 y 1951, como si el discurso de la autoridad lo hubiera impulsado a convertirse en autor. Libros como La ciudad y los perros (novela, 1963), Los jefes (cuentos, 1959), y Los cachorros (nouvelle, 1967) —plantea la autora— revelan el tironeo entre el impulso a gozar del adolescente (irrumpir de todas maneras) y la opresión del discurso institucionalizado. El campo y uso de la palabra (en su sanción semántica y tonalidad despótica) es el eje fundamental del discurso escolar y militar: "¡Cállate!, cállate animal" frente a un tímido e impotente "Déjeme hablar", es una escena clásica del cruce entre un cadete y el teniente Gamboa, en La ciudad y los perros.
El maltrato comienza, pues, por el maldecir. Basta una palabra ponzoñosa para que la herida empiece a supurar y produzca estragos. Tres ejemplos de la literatura se ligan a este vertiginoso arranque literario de Vargas Llosa: Stephen Dédalus en El retrato del artista adolescente, de James Joyce, Las tribulaciones del estudiante Törless, de Robert Musil y el personaje de Infancia, la novela de J. M. Coetzee. A través de un gesto restitutivo —señala S. Hopenhayn— el escritor peruano hizo del maltrato del decir, un decir de los malos tratos.

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