Estudios Públicos Nº 100, 2005.

La rúbrica de don Quijote (o para firmar hay que estar loco)

Cristóbal Alliende |

En el capítulo XXV del Quijote de 1605 se encuentra un evento que la crítica cervantina ha pasado por alto. Don Quijote está con Sancho en Sierra Morena, a punto de hacer penitencia por su amada Dulcinea. Don Quijote redacta dos cartas, una dirigida a su imaginada señora, otra a su sobrina con el objeto de que ésta le entregue a su escudero unos pollinos. La primera carta lleva una firma previsible. Con la segunda surge un problema: Don Quijote no puede autentificar el mandato con su nombre, pues no tendría validez legal. Tampoco puede conceder abiertamente su identidad de hidalgo cincuentón de nombre Alonso Quijano. Sólo queda una solución: rubricar, no firmar, en el entendido de que uno y otro acto no eran lo mismo.

Para contextualizar e intentar demostrar la importancia que tiene la rúbrica que don Quijote estampa en Sierra Morena, en este trabajo se abordan también asuntos como el salario de Sancho y el episodio de la bacía o yelmo de Mambrino, más conocido como baciyelmo.