Estudios Públicos Nº 100, 2005.

Quijotadas

Arturo Fontaine T. |

A partir de un comentario de la aventura del ataque a los rebaños de ovejas y al retablo de títeres de maese Pedro, se examina la forma en que don Quijote, con tenacidad y cómica y asombrosa necesidad de coherencia, se da maña para salvar su utopía caballeresca ante hechos que, a primera vista, la contravienen. La utopía se demuestra irrefutable. La locura de don Quijote consiste en que lee libros de ficción como si fuesen libros de historia y desde ellos inventa su proyecto. La distinción entre los conceptos de ficción y de historia, entre lo imaginado y lo real, es un supuesto de la comicidad de la novela. Cervantes ironiza los trucos metanarrativos de los libros de caballerías en los que el autor se presentaba como editor de manuscritos encontrados y comparaba versiones dispares de los mismos acontecimientos. La realidad cobra su venganza porque don Quijote no es omnipotente. La realidad no es un espejo de nuestros deseos. Pero en el fracaso actúa con la grandeza moral que admira en los caballeros andantes. La utopía se abandona, y sin embargo, a pesar de todo, hay en ella un fondo ético que rescatar. La vivacidad de la conversación, sus múltiples cambios de tono y puntos de vista, la ironía y la risa en medio de la amistad de don Quijote y Sancho sobreviven a las derrotas y son, quizás, lo más entrañable de la novela. En su desengaño, don Quijote abandona con entereza lo que creyó ser y ante la muerte dedica sus últimos momentos a favorecer a quienes le son próximos. La movida final de Cervantes: el personaje de ficción se sale de la ficción y regresa a la dura belleza de lo real, mientras el lector huye de la realidad y quisiera envolverse en la ficción.