Opinión Tell Magazine, 23 de junio de 2015

Beyer: «La gratuidad es una mala política»

Harald Beyer |

Las cosas están revueltas en la esfera política. Y bien lo sabe el director del CEP y ex Ministro de Educación. Crítico de varios puntos de la reforma propuesta por el gobierno y detractor absoluto de la gratuidad universal, está convencido de que es posible hacer cambios sin estar en la primera línea política, a la que no tiene intenciones de volver.

Por Mónica Stipicic H.

Siempre fue una figura transversal. Lo suyo era el estudio, la academia, lo “técnico”, como está de moda llamarlo. Hasta que Sebastián Piñera lo invitó a formar parte de su gabinete en medio de la crisis y las marchas del movimiento estudiantil. Ahí la vida de Harald Beyer se puso un poco de cabeza y terminó de darse vuelta en abril de 2013, cuando el Congreso votó por destituirlo e inhabilitarlo para ejercer cargos públicos por cinco años.

Asegura que el episodio está olvidado, que no es una persona rencorosa y que está consciente de que esa decisión respondió a un momento político y que no se trató de algo personal. “Uno entiende y le echa pa´delante”, dice, instalado en su amplia oficina en el Centro de Estudios Públicos (CEP), en un entorno que, sin duda, es más calmo para trabajar que el que tuvo en el Mineduc.

A la hora de analizar el momento político del país, intenta dar una mirada más global, reconociendo que Chile está viviendo un fenómeno de despolitización muy normal en sociedades que han vivido procesos de modernización muy rápidos: “se comienzan a mirar con distancia las instituciones y muchas personas viven eso con incertidumbre. Ha pasado en países como Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda. Hay menos lealtad hacia las corrientes tradicionales, los partidos políticos dejan de ser representativos y eso también se refleja en la lealtad hacia empresas, marcas e, incluso, religiones”.

¿Y cómo reciben eso las instituciones?
Siguen funcionando con cierta inercia. Hoy las preocupaciones son diferentes, lo que en sociología se llama “valores post materiales” y que es cuando las personas ya no sólo se preocupan por lo básico, sino que se involucran en temas más complejos, como el cambio climático o el medioambiente. La única solución es que los cambios se comiencen a hacer más rápido, no hay que buscar grandes transformaciones, sino que estar constantemente mejorando. Las instituciones están en un período de transición y algunas han cambiado bastante, pero es importante que sean más flexibles.

Pero no es fácil llevarle el ritmo a una sociedad que en tres meses puede hacer bajar cuarenta puntos a un político en las encuestas.
Es que hay una dimensión valórica que es muy importante. Cuando nos transformamos en una economía abierta no sólo comerciamos bienes, sino que ideas y cultura y hoy nos manejamos con paradigmas de otras latitudes que son más difíciles de diagnosticar. Y creo que ahí estuvo el error del gobierno: se equivocó en el diagnóstico, enfrentó las movilizaciones con paradigmas del pasado, presentó una agenda de cambios y chocó con una población que buscaba estabilidad. Y después vinieron casos coyunturales, como el de Caval o las boletas, que son transitorios, pero colaboran con esa distancia.

¿Qué está pidiendo hoy el chileno?
Tenemos una población muy fuerte de grupos medios bastante heterogéneos, que piden progreso y justicia. Y es, precisamente, porque quieren justicia que se molestan tanto con la mentira y el no cumplimiento de los acuerdos. La demanda no es precisamente por igualdad, sino que por actos justos.

¿Esas demandas son un reflejo de que somos un país bastante más educado?
Por supuesto. Hace cincuenta años sólo el quince por ciento de la gente terminaba la educación media. Hoy es un 79% y casi la mitad de los chilenos acceden a la educación superior. Hay una masa mucho más crítica y, contrario a lo que muchos creen, nuestro nivel educacional no es tan malo porque, a pesar de todos sus defectos, está generando personas con posiciones propias.

NO A LA GRATUIDAD

“Soy una persona que viene de la época de los acuerdos, que hoy pareciera descartada. Aunque quiero creer que es un fenómeno transitorio y que en el fondo hay ánimo de dialogar. En nuestras encuestas, la gente siempre manifiesta que valora el que todos cedan un poco, lo que es muy sensato”.

¿Se puede apoyar a la política desde el CEP o hay que estar en la primera línea?
Se puede y mucho. Por ejemplo, hicimos una propuesta para fortalecer el SERVEL que fue recogida por la comisión Engel. Pero sí es cierto que hoy el poder está más diluido y es necesario salir a tocar muchas más puertas. Ese es nuestro desafío; llegar a más voces.

¿No hay intenciones de volver a la política activa?
No, ya estoy en los cincuenta y soy partidario de que exista renovación. El otro día leí un estudio que señala que la edad promedio de los líderes europeos es de cuarenta y siete años y nosotros estamos lejos de eso…

Hablemos de educación, usted ha sido muy crítico con la gratuidad, que fue precisamente el eje del discurso del 21 de mayo.
Yo soy anti gratuidad en general, porque me parece que la prioridad no está ahí. Chile tiene recursos escasos, hay mucha desigualdad, pobreza y grupos medios que viven en una alta incertidumbre, por lo que yo no gastaría ni un peso en dar gratuidad a familias de alto ingresos. No hay ninguna evidencia de que asegure un mejor acceso y casi todo el mundo se está moviendo en sentido contrario. Hay que buscar cuál es la mejor combinación entre financiamiento público y privado y buscar mecanismos e instrumentos. Pero la idea de la gratuidad no se condice con la realidad del país ni con lo que pasa fuera de nuestras fronteras.

¿Y el anuncio de que sólo tendrán gratuidad algunas universidades significa que se está desdibujando el proyecto?
Se supone que es paulatino. Existen dieciséis universidades estatales y nueve privadas que quedaron dentro del beneficio, pero dejaron afuera a ocho universidades que están sometidas a las mismas reglas de medición. Hoy la Universidad de Concepción responde a los mismos parámetros que la Universidad Diego Portales, pero una quedó adentro y la otra afuera, lo que no parece tener sentido. Además, según la última encuesta Casen, más de cien mil jóvenes del sesenta por ciento más vulnerable estudia en universidades privadas.

¿Y eso significa que en las universidades del CRUCH entran los jóvenes con más recursos?
La Universidad de Chile, por ejemplo, tiene un veinticinco por ciento de matrícula municipal, y casi la mitad corresponde a cinco liceos emblemáticos. En la UC es aún mayor la diferencia, con sólo un catorce por ciento de alumnos de colegios municipalizados. Por lo mismo, es una mala política. La agenda en educación superior debería ser completamente distinta, deberíamos apoyar más a nuestras mejores universidades; financiar al diez por ciento más rico va a costar cerca de novecientos millones de dólares… si esa plata se invirtiera en investigación y desarrollo, el impacto sería mucho mayor.

¿No estamos enfocando la discusión al revés? Me refiero a que se debería empezar por fortalecer la educación escolar para asegurar acceso igualitario a las mejores universidades…
El sistema escolar reproduce las desigualdades de origen. Para cortar con eso necesitamos una educación parvularia de mejor calidad, porque hoy la brecha socioeconómica más fuerte se define entre los dos y los seis años. Y el proyecto del gobierno no contempla a las educadoras de párvulos, que es donde tenemos el mayor déficit, porque son las peor preparadas y las peor pagadas. Y lo otro importante son los profesores, reconozco que el proyecto de carrera docente es un paso adelante, porque hay muchos estudios que demuestran que un profesor efectivo puede avanzar con un niño el equivalente a un año y medio de aprendizaje. ¿Por qué nos va mal en las pruebas de octavo básico? Porque los niños no han visto las materias y los profesores no son capaces de enseñárselas.

¿Y qué pasa con las cosas que se han hecho en el último tiempo, como la beca vocación de profesor?
Esa beca tuvo un impacto, pero a lo largo del tiempo han ido cayendo los postulantes, porque el sistema se ha demorado mucho en crear una carrera docente atractiva para esos jóvenes talentosos. El cuestionamiento de fondo es que se están demorando mucho en hacer los cambios y no es una cuestión de plata. Hay que priorizar y el mundo político no ha sido capaz de hacerlo.

¿Y se puede ir más rápido? Porque es una tremenda máquina…
Se puede siempre que incorpores medidas que permitan ir evaluando y corrigiendo. No es fácil mover el buque, sobre todo por la cosa política, porque hay una cierta inercia, resisten cia y diálogo de sordos que hace más difíciles las cosas. Pero hay que seguir intentándolo.

Usted ha dicho que la voz de la calle no es necesariamente la de la ciudadanía, ¿cuánto hay que escuchar a la calle?
Hay que escucharla, porque detecta con mayor facilidad los problemas. En el gobierno de Piñera, por ejemplo, no fuimos capaces de reconocer a tiempo que la educación superior en Chile efectivamente era cara y que se requería una solución al respecto. Cuando nos hicimos cargo ya era tarde y se nos hizo mucho más difícil. Hay que escuchar, pero no necesariamente comprarse las soluciones que la calle propone. Es necesario un proceso de deliberación y la calle no delibera, sino que llega con soluciones hechas.
Los jóvenes siempre quieren cambiar la sociedad y es natural que eso exista. El otro día leí que en París se hacen siete marchas al día… eso es la democracia. Lo que pasa es que el mundo político no sabe procesar esas demandas. Es importante identificar cuáles son razonables y cuáles no, abordarlas de formas distintas y no perder de vista el interés general.

¿Cómo quedarían las cosas si la reforma se aprueba hoy, tal como está?
Una de las consecuencias, seguramente, va a ser que se trasladen más estudiantes de la educación pública a la particular subvencionada, a lo que habrá que sumarle las complejidades de la transferencia de recursos del Estado a los nuevos sostenedores, que va a ser difícil de fiscalizar y va a estancar un poco el sistema. Al final va a salir, pero mi mayor preocupación es que no se va a ganar nada, ni en inclusión ni en calidad. En educación superior todo está por verse, pero creo que nos estamos quedando atrapados en temas como la gratuidad, que es algo que tensiona el sistema y no produce demasiado impacto.

“Chile tiene recursos escasos, hay mucha desigualdad, pobreza y grupos medios que viven en una alta incertidumbre, por lo que yo no gastaría ni un peso en dar gratuidad a familias de alto ingresos. No hay ninguna evidencia de que asegure un mejor acceso y casi todo el mundo se está moviendo en el sentido contrario”.

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