Opinión OPINIÓN / Revista Capital Viernes 24 de abril de 2020

Egonomistas vs. Diostores

Carolina Velasco O. |
Foto: William Rojas

El encierro tiene efectos sicológicos que van, desde cambios en el humor, hasta trastornos mentales y estrés post traumático, cuyas consecuencias pueden tener efectos de largo plazo, por ejemplo, en los niños. En una línea similar, se ha visto con decepción cómo las cuarentenas han devuelto a las mujeres a asumir roles de cuidado del hogar.

El encierro tiene efectos sicológicos que van, desde cambios en el humor, hasta trastornos mentales y estrés post traumático, cuyas consecuencias pueden tener efectos de largo plazo, por ejemplo, en los niños. En una línea similar, se ha visto con decepción cómo las cuarentenas han devuelto a las mujeres a asumir roles de cuidado del hogar. Las familias optan por que el que recibe un menor salario deje de trabajar, lo que, en la gran mayoría de los países, es el caso de las mujeres.

Las autoridades en Chile, al igual que en otros países, enfrentan cuestionamientos a las medidas para enfrentar el Covid-19 desde dos campos opuestos: quienes las consideran muy laxas y quienes piensan que son demasiado estrictas. Para los primeros, se requeriría de cuarentenas totales (como ha ocurrido en otras latitudes), para así terminar con la propagación del virus y evitar que más personas enfermen y mueran. Quienes señalan que las medidas son exageradas, plantean que es clave que todos se contagien para alcanzar la inmunidad “de rebaño” lo antes posible, y así evitar una debacle económica.

Pero no todo es blanco y negro. Si bien las cuarentenas podrían lograr contener el virus por un tiempo, este puede rebrotar, salvo que el país se aísle del mundo hasta que se encuentre una vacuna o tratamiento eficaz y masivo (¡podrían ser hasta dos años!). Además del evidente impacto económico de ello (menos empleo, producción e ingresos), existen otros efectos. Por ejemplo, los grupos más vulnerables, que sufrirán un mayor impacto económico, podrían ver afectada su salud física, al verse obligados a reducir gastos en bienes esenciales, como medicamentos o alimentos nutritivos. Pero también su salud mental, ya que el encierro y el aislamiento tienen efectos sicológicos que van, desde cambios en el humor, hasta trastornos mentales y estrés post traumático, cuyas consecuencias pueden tener efectos de largo plazo, por ejemplo, en los niños. Este efecto se amplifica cuando se cuenta con menos recursos económicos, físicos (como mayor hacinamiento) y sicológicos, para administrar la tensión que se genera.

Ante este escenario, no sorprende el aumento de denuncias por violencia intrafamiliar, especialmente hacia las mujeres (Chile, Italia, Francia, China y Corea del Sur). En una línea similar, en otras latitudes se ha visto con decepción cómo las cuarentenas han devuelto a las mujeres a asumir roles de cuidado del hogar. En el extremo, las familias deben optar por que el que recibe un menor salario deje de trabajar para dedicarse a ello, lo que, en la gran mayoría de los países, es el caso de las mujeres. Será interesante, por ejemplo, analizar qué ocurrirá con la proporción de mujeres publicando en revistas académicas en los próximos meses.

Para sumarle más pelos a la sopa, están los efectos en educación, que impactan más a los niños y jóvenes que cuentan con menos recursos para el aprendizaje a la distancia (habilidades propias, de los padres y de los profesores para usar las TICs, contar con computador, internet y espacios adecuados, menor apoyo en el hogar). Es decir, los más vulnerables, que ya tenían brechas educativas respecto de sus pares. Y así, suma y sigue.

La vereda opuesta tampoco está exenta de problemas e incertidumbres, porque, si se deja al virus avanzar sin control, los sistemas de salud se verían rápidamente sobrepasados y tendríamos una cantidad mayor de muertes (el Imperial College of London estimó esta cifra en 40 millones de personas en 2020). Además de las consecuencias sociales, este planteamiento podría afectar la economía si la merma en la población es alta. Las estimaciones para la gripe española indican que entre 2% y 4% de la población falleció y que la caída promedio de la producción de los países fue de 6 puntos porcentuales entre 1918 y 1920. Finalmente, no es claro que exista inmunidad total al virus, ni cuánto podría durar dicha inmunidad.

En fin, ni “diostores” ni “egonomistas”. El desafío está en encontrar el equilibrio entre ambos extremos. Esto no es simple, además, porque las respuestas intermedias, como el testeo masivo para detectar a los enfermos y sus contactos, levantan otros problemas, como se ha visto en la actual discusión respecto de la protección de datos y privacidad. Debemos entonces ser rigurosos, pero humildes, considerar nuestra propia realidad como país y unir esfuerzos de todos los sectores.

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