Opinión El Mercurio , domingo 12 de junio de 2005.

Celco y las distintas caras de la globalización

Harald Beyer |

La protección del medio ambiente no cabe duda que es uno de esos valores que unen a grupos muy diversos de la población y que han adquirido legitimidad en el mundo entero. Chile no podía ser la excepción.

Los tratados de libre comercio y los bajos aranceles que cobramos a la gran mayoría de nuestras exportaciones nos abren las puertas en diversos mercados. Las posibilidades de buenos e interesantes negocios para nuestros empresarios se multiplican. Las fronteras abiertas aseguran mercados más grandes y acceso a mejor y más financiamiento para los proyectos que quieran emprenderse. El mundo global ofrece enormes perspectivas.

Pero la globalización no se puede "comprar" por partes. No sólo tiene impactos directos en el intercambio comercial y en los flujos de capitales tan propios de la actividad empresarial, sino que también sacude nuestros modos tradicionales de vida. El pluralismo se expande y con él necesariamente diversos valores entran en tensión y aquellos que privilegiábamos y creíamos que nuestra comunidad compartía, tal vez ya no son atractivos para la gran mayoría. Por cierto, esto no significa que debamos renunciar a ellos pero nos obliga a ser más humildes en la defensa de ellos.

Desde luego, estos valores son muchas veces inconmensurables y no podemos privilegiar unos sobre otros. Tampoco es necesario. La gran mayoría de las veces no tenemos como comunidad que elegir unos sobre otros. Es suficiente con que nos toleremos un poco más. Pero, claro, en un mundo global esos valores reflejan sensibilidades que son compartidas por diversas personas no sólo en nuestro país, sino que en el mundo entero. Se forman redes diversas que conectan a personas de distintas latitudes y que fortalecen la voz de los grupos que alguna vez pensábamos que eran marginales. El planeta comunicado en el que vivimos permite que se conecten detrás de un mismo objetivo y compartan valores personas que antes no soñaban y no pensaban que podían tener algo en común.

Probablemente esté en estos aspectos la clave del fortalecimiento que se observa en la sociedad civil de países todavía poco desarrollados como el nuestro. Los costos de transacción se han reducido enormemente y el peso de la comunidad ha crecido respecto del mundo político y las elites tradicionales. Así, las organizaciones de la sociedad civil han adquirido una legitimidad que era difícil anticipar hace algunos años, y la defensa que éstas hacen de sus intereses o valores se ha vuelto tremendamente efectiva.

La protección del medio ambiente no cabe duda que es uno de esos valores que une a grupos muy diversos de la población y que ha adquirido legitimidad en el mundo entero. Chile no podía ser la excepción. Descuidar la creciente sensibilidad de la población nacional frente al medio ambiente, más aún en un lugar como Valdivia, asiento de una comunidad académica de prestigio y sensible a esta temática, fue quizás el principal error de Celco en el conflicto que tantos dolores de cabeza le ha causado. Es descuidar una de las caras más visibles de la globalización. Por supuesto, su tecnología es de punta y no cabe duda que sus críticos e incluso algunas autoridades han perdido un poco la perspectiva al tratar el caso. Los errores que fueron cometidos por la planta, algunos graves, se pueden corregir y ésta puede ser finalmente un aporte para el país.

Con todo, no deja de ser curioso que esta empresa, cuyo mercado es el mundo, haya sido incapaz de distinguir la diversidad de rostros de la globalización. Hay aquí un grave descuido que proviene de seguir considerando que en el mundo actual no hay valores en tensión. Para un país que apenas se empina por sobre los seis mil dólares per cápita parecería un lujo renunciar a la creación de riqueza y empleos que esta planta genera, pero no es para nada evidente que la población quiera este camino. Basta con que valore un poco más el ambiente que se daña y se puede renunciar a esa riqueza y ese empleo sin mayor dolor. Plantearlo, por tanto, en esos términos parece un error. Además, en este caso parece evidente dónde se ubica la comunidad.

Con todo, parece haber espacio para ir resolviendo la tensión entre empleo y riqueza, y medio ambiente. Otras actividades económicas probablemente nunca sufrirán estas tensiones, pero eso no significa que no estén aquí para quedarse. Las empresas, al igual que las personas, tendrán que acostumbrarse a ellas y prepararse para enfrentarlas, seguramente elevando sustancialmente sus estándares ambientales. Una vez que reconozcan esta realidad estarán realmente globalizándose.

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