Opinión El Mercurio, 27/8/2011

¿Concertación a la deriva?

Harald Beyer |

Estábamos acostumbrados a los errores "no forzados" del Gobierno. Esos que se originan en actuaciones y declaraciones que nadie ha incentivado y que a veces se originan en un cálculo imperfecto de las consecuencias políticas de los hechos -como la poca atención que puso el Gobierno al rumor de que había estado involucrado en la salida de Bielsa de la selección-.

En otras, en una falta de sintonía con la ciudadanía; una cierta incapacidad de ponerse en su lugar antes de comunicar sus decisiones o propuestas. El Gobierno ha ido aprendiendo, y si bien estos errores siguen estando presentes han disminuido en frecuencia e intensidad.

En cambio, la Concertación aún no parece haber encontrado el camino y sus errores no forzados parecen ir en ascenso. Fue un golpe duro haber perdido el Gobierno, particularmente después de la popularidad alcanzada por la ex Presidenta Bachelet. Es como si la población hubiese decidido que era la hora de un cambio, pero reconociendo que habían sido veinte muy buenos años.

Esta aparente contradicción ha producido una disociación que todavía no ha podido ser superada. Se agrega a ello que la gran mayoría de sus líderes políticos habían aprendido a ser oposición bajo el régimen militar. La ausencia de instituciones democráticas en ese entonces obligaba a cumplir esta tarea de una forma muy distinta. No extraña, entonces, la predisposición casi automática para resolver asuntos complejos a través de mecanismos que de una u otra forma dejan al Congreso al margen de la deliberación pública y democrática.

Más compleja y preocupante para el desempeño de este conglomerado político es el distanciamiento que ha ido estableciendo con sus 20 años de gobierno. Por cierto, algunas de sus figuras defienden la gestión realizada. Pero no es ésta la visión que se impone.

Incluso el ex Presidente Lagos sostuvo que su gobierno y, en general, los de la Concertación estuvieron muy limitados por los "vetos de la derecha". No cabe duda que los quórum constitucionales, el régimen electoral y los senadores designados, en su momento, pueden haber moldeado el conjunto de políticas generadas durante esas administraciones.

Sin embargo, esta estrategia, por una parte, aleja a la coalición de una obra que ha sido, más allá de sus defectos y de los nuevos problemas que surgen en el proceso de desarrollo de una nación, bien evaluada por la población, pavimentando su permanencia durante dos décadas en el Gobierno.

Por otra, le resta, en la práctica, méritos a su gestión. Después de afirmaciones como ésa, por qué la población tendría que creer que aquellas acciones que generan mayor orgullo en la Concertación son producto de su gestión y no del oficialismo actual. Adicionalmente, pierde credibilidad porque es difícil sostener, sobre todo en un régimen tan presidencialista como el nuestro, que más allá de las limitaciones institucionales, las iniciativas emprendidas no tengan una clara marca concertacionista.

Esta forma de aproximarse al momento político que vive el país termina restándole legitimidad a su actuación y a sus planteamientos. Sus dirigentes han intentado superar esta difícil coyuntura sumándose a una serie de demandas donde confluyen legítimas aspiraciones ciudadanas con los más evidentes intereses corporativos.

Su apoyo al paro del miércoles y jueves fue una nueva demostración de la desorientación que aqueja a esta coalición. La población espera de ella el procesamiento de las demandas, la deliberación sobre ellas y su evaluación respecto de si satisfacen el interés de sus representados. No es su papel, y los votantes lo saben, respaldarlas irreflexivamente.

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