Opinión El Mercurio, 8/4/2011

Confluencias y obstruccionismos

Harald Beyer |

Si hay alguna constante en política es que ella pasa por ciclos de mayor o menor colaboración entre gobierno y oposición. Por supuesto, no siempre es fácil distinguir cuando se entra en un ciclo y se sale del otro. Además, hay claras asimetrías en cómo los distintos sectores perciben esos ciclos. Con todo, parece haberse ingresado en el momento actual, en un período donde se enfatizan las diferencias. En general, en estos escenarios las oposiciones tienen poco que ganar, salvo en aquellos casos donde la coalición se reúne con entusiasmo en torno a una bandera muy crucial para ella. Pero ese es un caso que debe hacerse frente a la opinión pública con energía. Nada de ello parece haber ocurrido en el momento actual y, por tanto, la Concertación difícilmente podrá sacar provecho de esta situación. Es más, la población, según sugieren diversos estudios de opinión pública, privilegia una oposición cuyo foco está en mejorar los proyectos de gobierno más que obstruir su avance.

No obstante, de esta consideración no puede concluirse que el Gobierno se verá necesariamente beneficiado. La política está llena de juegos de suma negativa, donde las dos partes pierden a ojos de la opinión pública. Sin embargo, en un régimen político tan presidencialista como el nuestro, el oficialismo tiene una elevada probabilidad de elegir la agenda en cada momento del tiempo. Ello le da una ventaja de adaptación al ciclo político que la oposición no tiene y de ahí que un gobierno, a menos que esté en una situación de extrema debilidad, puede capitalizar políticamente esos períodos de conflicto. Pero, por supuesto, para ello requiere dar las "peleas" apropiadas. En general, en circunstancias de poca cooperación política debe promover aquellas iniciativas con las que la población tiende a identificarse con mayor facilidad y postergar aquellas que, más allá de los méritos que puedan tener, le resulten a la población más difícil de apoyar.

Las restricciones a los chilenos que viven en el exterior para que participen en una elección presidencial, pertenecen claramente al segundo grupo. Hay buenas (y por cierto malas) razones para argumentar a favor o en contra del voto de chilenos en el exterior, pero una vez que se acepta la idea, son débiles los planteamientos que aspiran a poner alguna restricción al ejercicio del sufragio. Por ello es que, en general, los países que permiten el voto de sus ciudadanos en el exterior prácticamente no ponen restricciones. Hay unos pocos casos y se trata de situaciones en las que después de un período largo sin visitar el país o en la que no se ha expresado preferencia después de varias elecciones, las personas son borradas de los registros electorales. En el caso particular de Chile, por razones que son muy atendibles dada la historia reciente, no parece prudente poner restricciones de ese tipo. Ello sería una mala idea incluso en un ciclo de cooperación, pero es un planteamiento claramente equivocado en el momento actual.

Si el Gobierno no elige apropiadamente sus iniciativas en este ciclo, corre el riesgo de no aprovechar las oportunidades políticas que lo acompañan y habrá perdido una vez más (no sería la primera vez), la ventaja que significa estar en el gobierno en un régimen político con las características del nuestro.

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