Opinión El Mercurio, 13 de diciembre de 2013

A dos días

David Gallagher |

En el debate del martes, dos mujeres muy civilizadas hablaron con seriedad sobre el futuro del país. Lejos estábamos del ambiente de la primera vuelta, donde, con lenguaje encendido, los candidatos minoritarios proponían cualquier cosa. Tan lejos, que uno se hacía una pregunta muy simple. Si las dos candidatas parecen ser tan moderadas, tan serias, tan merecedoras de ocupar la Presidencia de un país de la OCDE, ¿por qué está tan enrarecido el ambiente? ¿Por qué está la Bolsa tan deprimida? ¿Por qué creen algunos —y no solo en el Gobierno— que un triunfo aplastante de Bachelet podría reducir la inversión?

Hubo un atisbo de respuesta cuando a Bachelet le preguntaron sobre la nueva Constitución. ¿Cómo se haría? ¿Con asamblea constituyente? En ese caso, ¿quiénes serían los convocados? ¿Los trabajadores, los empresarios, los jubilados, los profesores, los estudiantes? Son las preguntas clásicas que se hacen cuando se habla de “participación”, ya que no se puede reunir a 16 millones de chilenos a deliberar en una plaza pública. Como era de esperar, Bachelet se enredó, limitándose a decir que los cambios constitucionales tenían que ser muy participativos. Desgraciadamente, los periodistas se quedaron cortos: apenas le preguntaron qué cambios quería. ¿Reelección del Presidente, y en caso afirmativo, en beneficio de ella misma? ¿Más salvedades que las actuales a la propiedad privada? ¿Sobre todo en cuanto a la minería, a los recursos hídricos y al espectro radioeléctrico? ¿Condicionamientos a la autonomía del Banco Central? ¿Y por qué es necesario derogar el DL 600? Son los temas que perturban a los inversionistas. Se perdió una oportunidad para aclararlos.

Interesante que Bachelet haya tildado su propio estilo de liderazgo de “femenino”, hecho para escuchar y no imponer, con el fin de alcanzar la unidad de los chilenos. Es el tipo de liderazgo que ejerció durante una Presidencia que le dio a Chile estabilidad. Si —de llegar a La Moneda— lo ejerciera así de nuevo, en vez de imponer una lógica de mayoría como quisieran sus huestes, sería una buena noticia. Pero cabe advertir que Chile se ha vuelto más difícil de gobernar de esa forma. En 2006-2010 había bastante consenso: los técnicos —sobre todo los economistas— estaban más o menos de acuerdo entre ellos, y había un ministro de Hacienda sensato, que ejercía un liderazgo masculino, con la mano firme en el timón. Ahora los economistas han perdido su hegemonía, en parte porque se pelean entre ellos, como si la economía ya fuera nada más que un asunto de voluntad política, que es por lo demás lo que muchos políticos creen. Sería, entonces, complejo el desafío de Bachelet como Presidenta, de transitar de la loable vocación por escuchar que tiene, a la toma definitiva de decisiones, sobre todo porque ella misma expresó el martes su recelo ante las opiniones técnicas, diciendo que hay que complementarlas, quién sabe cómo, con las de la gente común y corriente.

Matthei, clara y precisa, mostró durante todo el debate un gran dominio de los temas. Estarán cuestionados los economistas, pero no hay duda de que entienden los efectos de las políticas públicas mejor que los médicos. Por otro lado, Matthei fue honesta y real, como cuando le preguntaron sobre el resultado de la derecha en las parlamentarias. En vez de recurrir a resquicios o excusas, se rió con ganas y dijo que “podría haber sido mejor”. Solo incursionó en cantinfladas cuando le preguntaron sobre el aborto.

Con todo, el ambiente tenso que estamos viviendo no se despejará hasta que la Presidenta que salga electa dé señales claras de cómo y con quién va a gobernar. Y para los que queremos un Chile estable y moderado, es vital que nadie arrase el domingo.

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