Opinión El Mercurio, 23 de marzo de 2012

A mitad de camino

David Gallagher |

Hace un par de semanas, el Gobierno llegaba a la mitad de su mandato. No me detuve en el hecho, porque quería escribir sobre el homenaje que le preparábamos en el CEP a Jorge Edwards, con la participación, entre otros, de Mario Vargas Llosa. En realidad, al estar con Edwards y Vargas Llosa en el CEP, me di cuenta de que su presencia juntos en el país era un buen punto de partida para analizar los primeros dos años de Sebastián Piñera. Porque ambos lo apoyaron mucho.

De hecho, en enero de 2010, a días de la segunda vuelta, los dos participaron, con Piñera, en un acto en la Biblioteca Nacional. Recuerdo haber pensado entonces que ningún otro candidato de derecha podría haber suscitado el apoyo de estos dos prestigiosos escritores. Y allí surge una clave para reflexionar en lo que ha significado Piñera como Presidente hasta ahora: él es distinto a cualquier otra alternativa que pudo haber tenido la derecha, al extremo de ser el único candidato de gusto suficientemente universal para haber llegado a la Presidencia. Acostumbrada a operar en un sistema electoral en que un candidato puede llegar al Congreso con sólo un cuarto de los votos, la derecha no estaba equipada para obtener una mayoría absoluta. La visión de Piñera hizo la diferencia. Visión que comprendía ser más abierto de mente en temas "valóricos", y más preocupado de complementar el desarrollo económico con medidas sociales. Dirán algunos que eso no es ser "de derecha" (aunque lo sea en casi cualquier otro país), pero sólo una centroderecha como la de Piñera, con su énfasis más en "centro" que en "derecha", podría haber ganado.

Esa derecha más universal la ha ido consolidando Piñera desde La Moneda, con una secuencia de iniciativas concretas, como la del acuerdo de vida en pareja o la del ingreso ético familiar, tomadas sin sacrificar logros más tradicionales para el sector, como el de un crecimiento económico sólido y un aumento sustantivo en el empleo. Desde luego el bienio no ha sido perfecto, pero el saldo es positivo. Las comunicaciones del Gobierno son deficientes y se han cometido errores políticos, pero ha habido avances sociales y económicos contundentes, que con el tiempo se van a notar y apreciar más. Por otro lado, el Gobierno, siempre pragmático, ha sido sólido y sabio en materia de política internacional.

¿Y las protestas?

Pareciera que en un país en el estado de desarrollo en que está Chile, cada logro abre nuevos apetitos. La gente quiere más, y la que tiene más, descubre que no es tan feliz como se imaginaba. De allí la bronca de tantos chilenos ahora. Por otro lado, en Chile la gente era demasiado sumisa antes. Ahora se ha ido al otro extremo: siente rabia no sólo contra cualquier autoridad, sino hasta contra sí misma, por haber sido tan obsecuente alguna vez. Es un proceso profundo que se está dando en el país, uno que a la larga puede ser muy sano, si bien no hay duda de que es muy difícil para un gobernante.

¿De verdad alguien cree que este proceso se habría congelado con Frei? ¿Que los problemas de Piñera con los estudiantes o con Aysén se deben a que la gente le tiene tirria a la derecha y añora a la Concertación? Hay quienes albergan ese mito, pero lo desmiente la votación que tuvo Piñera, y la escuálida tasa de aprobación de la oposición.

La verdad es que a Piñera le favorece toda comparación con la oposición, que no sólo es odiosa con el Gobierno: reniega de su propio pasado. Cree que para reconquistar el poder se tiene que izquierdizar, a pesar de que los votantes en Chile gravitan hacia el centro. Mientras Piñera se acerca a ese centro, la Concertación se aleja de él. Es la receta para que se reelija la centroderecha. Eso sí que coronaría con éxito un segundo bienio que promete ser auspicioso.

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