Opinión El Mercurio, 15 de mayo de 2015

Aire fresco

David Gallagher |

Imposible no estar contento con el nuevo gabinete. Trae aire fresco después de uno que -demasiadas veces- gobernaba a contrapelo de la gente.

En 2013, la Presidenta ganó con un 62 por ciento de los votos, pero con solo un 26 por ciento del electorado. Los que no votamos por ella evitamos hacer esa distinción, para no parecer malos perdedores; y la Nueva Mayoría optó por ignorarla, prefiriendo creer que había un contundente mandato -uno que incluso tildaban de vinculante- para ejecutar al pie de la letra su programa refundacional. Todo a pesar de que había evidencia de que los votantes no se habían detenido mucho en ese "mamotreto". En una encuesta posterior del CEP, solo un 26 por ciento pensaba que la Presidenta había ganado por el programa, frente a un 54 por ciento que creía que era "por la confianza en ella como persona". Por otro lado muchos de los que sí lo leímos supusimos que el detalle de los medios escogidos para realizar sus en general buenos objetivos, iban a ser corregidos después, porque eran demasiado malos, debido, nos decíamos, a distracciones de campaña, y no a falta de capacidad técnica. Fue una sorpresa, entonces, constatar que esos medios se iban a mantener a rajatabla. Que en la reforma tributaria, por ejemplo, el nuevo gobierno se iba a aferrar no solo al loable, y ampliamente compartido, objetivo de recaudar más, sino también a mecanismos que a veces bordean el surrealismo.

Es así que el Gobierno en sus primeros 14 meses, con la notable excepción de algunas carteras como las de Relaciones Exteriores, Economía y Energía, exhibió una desafortunada combinación de voluntarismo y déficit de profesionalismo, inédito, este último, en 25 años de centroizquierda en Chile.

Los historiadores debatirán sobre el origen de todo esto. ¿Fue la Presidenta la autora del detalle del programa o es un plato que ya le tenían servido cuando volvió a Chile? Yo siempre he sentido que fue ella quien ideó los buenos fines planteados, como el de reducir la desigualdad, pero no los medios para realizarlos. Sigo pensando eso. Por eso mismo soy optimista ahora. Entre los nuevos ministros hay profesionales notables y exhiben un espíritu dialogante, que contrasta con el tono aplanador de antes.

La gente en su mayoría va a estar aliviada con el cambio de ministros. Es que la gente es muy perceptiva. Ya se había percatado de los defectos técnicos que había en los cambios, en detrimento de los fines planteados. En la última encuesta del CEP, un 65 por ciento piensa que las reformas han sido "improvisadas", frente a un magro 23 por ciento que las cree "bien pensadas". En cuanto a si serán "eficaces para alcanzar los objetivos que persiguen", un 64 por ciento cree que no, y solo un 24 por ciento que sí. Por otro lado la ciudadanía estará aliviada si ahora hay más diálogo, porque una y otra vez ha demostrado su rechazo al conflicto.

Con todo el nuevo gabinete enfrenta desafíos. Ya ha hecho su daño una reforma disfuncional como la tributaria, al menos que se quiera dar el golpe de cátedra que significaría una reforma a la reforma. Por otro lado las expectativas que esta ha levantado en cuanto a su capacidad recaudatoria serán difíciles de desmontar: los voluntaristas de la Nueva Mayoría no se van a resignar fácilmente a una ola de realismo.

Pero hay una razonable esperanza de que en Chile nos podamos volver constructivos de nuevo. Por ejemplo con una alianza público-privada de verdad, y una nueva agenda pro crecimiento, que construya sobre la buena gestión energética del Gobierno. El tiempo dirá, pero me siento optimista.

Mientras tanto, a cuatro días del cambio, cabe desearle lo mejor al nuevo gabinete, y felicitar a la Presidenta por una decisión valiente, de estadista.

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