Opinión El Mercurio , viernes 25 de noviembre de 2005.

De Busan a Santiago

David Gallagher |

La encuesta del CEP me pilló en Busan, en la reunión del APEC, donde la noticia del cambio que se está dando en la política chilena nos dejó consternados.

Claro que en Busan había otras distracciones. Desde ya, los discursos de los jefes de gobierno de la región. Todos ellos tan racionales. Al hablar de sus países, parecían presidentes ejecutivos de empresas, abocados a una dura lucha contra la ineficiencia. Incluso Hu Jintao, que preside el milagro chino. ¡Qué diferencia con la caótica cumbre de Mar del Plata! En Busan, era impensable un Chávez o un Kirchner. E impensables los frívolos llamados a “corregir el modelo”.

El viernes 18 fue la firma del TLC con China, en presencia del Presidente comunista chino y del Presidente socialista chileno, el heredero de Mao y el heredero de Allende. Hace cinco años, este acto habría sido inconcebible. Ahora nos pareció tan normal, que apenas apreciamos el momento histórico que estábamos viviendo.

Al observar al Presidente Lagos moviéndose en Busan como pez en el agua al observar su prestancia de estadista, su inteligencia espontánea, su capacidad de actuar sin libreto, sin esconderse detrás de las máscaras de la diplomacia, sin recurrir a las frases hechas de los burócratas, me volvían a la mente las elecciones en Chile. ¿Cuál de los cuatro candidatos podría pasearse por Busan como Lagos? No más que uno, pensé.

¿No será eso lo que los votantes comienzan a percibir? Bachelet, con su alegre sonrisa, conquistó a la gente por la novedad de su estilo, como lo hizo Lavín en 1999. Pero por algo Lagos es tan popular y, al acercarse las elecciones, alguna gente tal vez empiece a preguntarse si conviene un cambio tan profundo en tipo de Presidente. De allí, quizás, el auge de un Piñera, que es, por cierto, el candidato que más parece apreciar lo que ha hecho Lagos por el país.

Claro que la Concertación es muy fuerte. Todavía ocupa dos, o casi dos, de los antiguos tres tercios, y la probabilidad de que gane Bachelet es altísima. Pero su triunfo ya no está garantizado, y eso, por lo menos, demuestra que la Concertación es vulnerable a un nuevo tipo de derecha.

¿Qué tipo de derecha? Una que apunte a ser mayoría, lo que requiere superar el modelo UDI, que asegura un voto duro, pero que es incapaz de trascenderlo. Cierto que Lavín lo superó en 1999, pero para hacerlo descansó demasiado en el marketing y demasiado poco en las ideas. Cuando la burbuja del marketing se esfuma, queda en evidencia lo que está debajo: un partido cerrado y exclusivo, hoy dominado por una impermeable cúpula de amigos. En la época de Jaime Guzmán, la UDI tenía una intachable coherencia en materias económicas. Pero desde hace tiempo ha recurrido a populismos, dando la impresión de oportunismo y de insinceridad.

La derecha nueva debería ser, al contrario, abierta e inclusiva, pero fiel a aquellas ideas propias que son su razón de ser. Eso significa estar, sin disculpas, por el mercado. Segura de sí misma en cuanto a su pensamiento, pero con los brazos abiertos en cuanto a quién acoge, y con cúpulas elegidas con transparencia. También, con intachable vocación democrática, y en sintonía valórica con un país que cada vez más privilegia la honestidad, la verdad y la bondad, sobre el estricto apego a las reglas y las formas.

Es frente a esa derecha, a la que la candidatura de Piñera le ha dado tanta vida, que la Concertación es vulnerable. Frente a esa derecha, la Concertación tarde o temprano perdería. Porque frente a una alternativa de verdad buena, se vigoriza el instinto del votante de preferir que haya alternancia en el poder.

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