Opinión El Mercurio, 17/12/2010

El celta de la Amazonía

David Gallagher |

En mi colegio católico en Inglaterra, Sir Roger Casement, el celta de Mario Vargas Llosa, nos hacía pensar mucho. Agente ennoblecido del imperio británico, ocultaba un apasionado nacionalismo irlandés, que los ingleses apenas detectaron hasta que, en plena Primera Guerra Mundial, partió para Alemania, donde intentó formar una brigada compuesta de prisioneros de guerra irlandeses. Ésta, en conjunto con tropas alemanas, iba, en los sueños de este celta, a liberar a Irlanda del yugo británico. Casement desembarcó en Irlanda un Viernes Santo de 1916, pero con una escueta fuerza de tres personas. Un submarino alemán los deja en un bote cerca de la costa, a la que, en la versión de Vargas Llosa, llegan por milagro, porque no saben remar. A Casement lo detienen, y el 3 de agosto es ahorcado en Londres como traidor. Recién se había convertido al catolicismo. Las peticiones para salvarlo, firmadas por intelectuales de la talla de Shaw, Conan Doyle y Yeats, perdieron fuerza cuando, en pleno juicio, los ingleses filtraron unos diarios de vida, en que Casement da cuenta de incontables aventuras homosexuales con jóvenes levantados en bares o en baños públicos. Hasta ahora se discute si los diarios eran genuinos o falsificados por los ingleses. Para entender su efecto, cabe acordarse que hacía sólo 11 años Oscar Wilde había sido procesado y humillado por ser homosexual.

Nadie en mi colegio se escapó de escribir un ensayo sobre si Casement era héroe o traidor. En una Inglaterra en que ser católico había sido en algún momento una traición, y en un colegio donde había irlandeses, las opiniones estaban divididas. Fue así que aprendimos que los temas históricos son complejos, y pródigos en áreas grises. En eso Casement marcó nuestras vidas. Por eso me emocionó oírle a Vargas Llosa, hace unos cuatro años, hablar de Casement por primera vez. Estábamos unos amigos con él, en un pequeño bote, en una laguna tapada de victorias regias, cerca del río Ucayali, y el tema surgió porque Casement, en 1910, había investigado las atrocidades cometidas, en esa misma Amazonía peruana, por el magnate cauchero Julio César Arana. Vargas Llosa insinuó que tal vez escribiría una novela sobre él.

Lo hizo, y el resultado es magnífico. Es una obra digna de un hombre que, en su gran discurso de Estocolmo, dice que "inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola". Porque las vidas del mismo Casement son muchas, y Vargas Llosa explora, con una delicada combinación de imparcialidad y afecto, sus tortuosas duplicidades, que no le impidieron ser, a pesar de todo, un hombre coherente y noble.

El Casement de Vargas Llosa es un personaje quijotesco, literalmente. Pienso en cómo se nutre de lecturas del pasado mítico de Irlanda, antes de entrar en acción. Pienso en su quijotesca arenga a los prisioneros en Alemania. Han arriesgado su vida por Inglaterra y obviamente lo pifian, pero Casement, embelesado por su propia causa, se sorprende. Pienso en el desastroso desembarque en Irlanda. Pienso también en las escenas en que Casement está solo en la cárcel de Pentonville, esperando su ejecución, y Vargas Llosa nos permite asomarnos no sólo a sus imposibles sueños de celta acorralado por los ingleses, sino también a sus penosas intimidades.

El Casement de Vargas Llosa es un personaje memorable: traidor, héroe, gran caballero, aficionado compulsivo a los bajos fondos, sexualmente torturado, de un corazón gigantesco, y de una sed insaciable -como la de su autor- de verdad y de justicia. Una gran figura en un gran libro, que sobrevivirá a las meras biografías de Casement.

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