Opinión El Mercurio, 17 de mayo de 2013

El Chile real

David Gallagher |

Según las encuestas del CEP, el Chile real, el de las mayorías, es muy distinto del que perciben sus élites, sean estas políticas, empresariales, sindicales, estudiantiles o periodísticas. Las élites nos hacen creer que vivimos en un país polarizado y crispado. Pero la verdad es que son solo ellas las que padecen de esa excitada condición. Los chilenos de a pie son en gran parte apolíticos y moderados. Lejos de estar en una acendrada lucha ideológica, privilegian su vida privada, su trabajo, sus amistades y sus diversiones.

En agosto del 2012, el CEP descubrió que la mitad de sus encuestados "nunca"-repito, "nunca"- leía noticias sobre política, y muchos más no conversaban "nunca" sobre política con sus amigos o familia, siendo que los que sí incurrían "frecuentemente" en esas prácticas apenas superaban el 10%. Un aplastante 81% no seguía "nunca" temas políticos en medios sociales como Facebook o Twitter, y un porcentaje similar no trataba "nunca" de influir políticamente en alguien. Quizás estos resultados cambien algo en un año electoral, pero son impactantes, dada la imagen que existe de que vivimos en pie de guerra, pendientes de la próxima convocatoria a movilizarnos. Por otro lado, en este país de individuos y de gente de familia, una gran mayoría de los encuestados simplemente no se deja convencer por las categorías políticas ofrecidas por las élites. Si se les pregunta si son de la Concertación o de la Alianza, o de izquierda, derecha o centro, gana de lejos un olímpico "Ninguno". Ni siquiera el "centro" atrae, si bien las respuestas a otras preguntas indican que, en la práctica, la mayor parte de los encuestados se ubica en ese espacio.

Un país así tendría que ser muy estable, pero en Chile las élites nos están llevando a posiciones tan extremas, que hay dudas respecto de nuestra futura gobernabilidad. Algunos culpan a la combinación de primarias y voto voluntario. Según los expertos, conduce a que voten solo los militantes más duros de las coaliciones políticas, lo que hace que los candidatos se vuelvan ellos mismos muy duros. Pero la polarización de las élites parece haber comenzado mucho antes, y no es la primera vez que se da. ¿O creemos que una mayoría de chilenos quería, hacia 1970, llegar a los feroces enfrentamientos que hubo?

Entre las élites sí hay, desde luego, mucha gente moderada, incluso gente de espíritu transversal, pero esta apenas se atreve a manifestarse, porque en el ambiente actual hay que andar con la camiseta puesta. Por otro lado se ha instalado en el país un mito, según el cual ya no son posibles los acuerdos transversales, porque "Chile cambió", y estos acuerdos ya no son tolerados por una "calle" o una "ciudadanía" que los considera inmorales. Este mito ha sido impuesto en parte por las élites estudiantiles que, con envidiable desparpajo, pretenden representar a esa ciudadanía, pero ha invadido a las élites en general, porque estas temen contrariar a quienes las intimidan con su juventud.

Que los estudiantes ataquen acuerdos de antaño es entendible, porque no participaron en ellos, teniendo mucho que aportar, y no hay duda de que los acuerdos futuros tienen que ser muy inclusivos. Pero eso no significa que no se den, ni que sea más moral librarse a una guerra de todos contra todos. Los países que avanzan son los que generan consensos, como el México de hoy, donde se firmó hace poco un envidiable "Pacto por México" para enfrentar los problemas estructurales del país. No tenemos alternativa a un acuerdo similar en Chile. Por eso es tan vital cuidar -y confío en que podremos- las instituciones autónomas y transversales que tengamos. En el ámbito público, una como el Banco Central, y en el privado, una como el CEP.

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