Opinión El Mercurio, 22/5/2009

El fenómeno Marco

David Gallagher |

El genio de la Concertación en elecciones presidenciales pasadas estuvo en que pudo generar candidatos que exhibieran aires nuevos dentro de la continuidad, logrando satisfacer sutilmente la demanda natural por el cambio que se da en un país. Así Lagos fue, en 1999, el primer candidato socialista desde Allende, y Bachelet, en 2005, la primera candidata mujer. El hecho de que Frei no pueda evocar aires nuevos contribuye a la popularidad de Marco Enríquez-Ominami.

¿Qué otros atributos explican el éxito de Enríquez-Ominami? Desde ya su juventud: está claro que hay en el país cierta demanda por un recambio generacional. Enseguida, su simpatía, conjugada con un aura de farándula, que en Chile es popular. En ese aspecto es el heredero de Farkas. Después, el factor novedad, que atrae a quienes sienten que la política está capturada por un puñado de personas que se han vuelto inamovibles debido al sistema binominal, y a la poca democracia que hay dentro de los partidos y de las coaliciones.

Lo que no parece explicar la popularidad de Enríquez-Ominami es esa demanda por una izquierdización de la Concertación que tan a menudo creen percibir sus élites, demanda cuyo verdadero tamaño se refleja en el aparente fracaso de Zaldívar, Navarro y Arrate, los tres candidatos que quieren cambiar el modelo. El fenómeno Marco no es necesariamente de izquierda siquiera. Su postura en materia de derechos civiles despierta apoyo y rechazo transversales. Lo mismo ocurre con sus cambios constitucionales. Algunas de sus ideas económicas, divulgadas la semana pasada, parecen liberales. No el tren bala, o el IVA diferenciado, o el aumento al royalty minero, pero sí el impuesto plano, la venta al público de minorías en empresas estatales, la importación de profesores extranjeros, y la educación meritocrática a la que apunta con la propuesta recuperación de los liceos emblemáticos.

En todo caso es difícil imaginarse que en segunda vuelta los votantes de Marco votarían todos por Frei. Por lealtad a la Concertación, él podría llamarlos a hacerlo, pero eso vulneraría su relación con sus adherentes, gente que, casi por definición, valora para sí misma la libertad de acción que él mismo se ha permitido.

Alguien podría objetar que las ideas innovadoras de Enríquez-Ominami son las que se puede permitir un candidato con nada que perder. Pero aquí hay otra clave de su popularidad: lo que muchos votantes aprecian en él es justamente el hecho de que está dispuesto a jugarse, en vez de estar tratando siempre de evitar decir lo que piensa, por miedo a ofender intereses corporativos.

El techo electoral de Enríquez-Ominami se da, creo yo, por el hecho de que en el fondo nos sorprende demasiado, aun cuando sea para bien. Uno tiene la sensación de que todavía está buscando su propia identidad como hombre público. Su candidatura tiene poca estructura. En el mismo anuncio del programa económico, hubo improvisación. Por ejemplo, al vocero económico, Paul Fontaine, le preguntan de energía nuclear, y él contesta: "No lo he hablado todavía con Marco, pero es una energía que, a la larga, llegará a Chile". Fontaine deja entrever que HidroAysén se podría hacer, pero la postura de Marco lo desmiente. Para una mayoría de votantes, la vida de Marco es, todavía, en grado excesivo, una lotería.

Distinto será, sin duda, en 2013, cuando un Marco más definido y maduro, con un estilo más reposado y menos febril, podría competir, si es que los dinosaurios lo permitieran, en una primaria con otros candidatos jóvenes y modernos, para ser el candidato de una Concertación renovada.

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