Opinión El Mercurio, 12/2/2010

El gabinete

David Gallagher |

En el ambiente surrealista que se da en febrero en la capital, con sus calles vacías, y ministros (s) que nadie conoce u oye, Piñera nos dio, con su gabinete, un golpe de realidad y, en general, una muy grata sorpresa.

Creo que nunca ha habido un mejor equipo económico. Tampoco tanta compatibilidad entre éste y el equipo político. Da la impresión que todos van a estar coordinados en torno a las mismas metas: modernizar el Estado, destrabar el crecimiento, crear empleo, derrotar la pobreza, mejorar los servicios públicos. En los gobiernos de la Concertación ha habido buenos ministros de Hacienda y a veces buenos ministros de Economía, pero no siempre han sido comprendidos por los ministros políticos y, cosa increíble, por otros integrantes del mismo equipo económico. La pugna entre Trabajo y Hacienda, que Michelle Bachelet tardó tanto en dirimir, fue de altísimo costo para el país.

Que tantos de los nuevos ministros sean tecnócratas o tengan experiencia en empresas es el hecho más novedoso de este gabinete. Piñera está apostando a su capacidad de gestión y a sus efectos políticos cuando los votantes vean los buenos resultados. Si el país lo eligió como Presidente, es porque el país quiere que él haga justamente esa apuesta.

No hay duda de que algunos de los nuevos ministros tendrán que desarrollar aptitudes políticas, y que los partidos de la Coalición por el Cambio tendrán que mostrar nobleza y generosidad en ayudarlos, por molestos que estén por que Piñera no haya nombrado a parlamentarios como ministros. Que no lo haya hecho es, por cierto, uno de sus grandes aciertos. En un país en que ya no hay elecciones complementarias, es un insulto al electorado que una diputada o un senador de repente vaya al Gobierno, sabiendo además que su partido no corre como consecuencia ningún riesgo, ya que puede nombrar a dedo su sucesor. Que esa mala práctica tenga un desafortunado precedente reciente no es razón para incurrir en ella.

Un amigo peruano me decía que envidiaba a un país capaz de elegir a un billonario como Presidente. Creo que lo decía en parte porque un tremendo freno al desarrollo de los países del mundo hispano han sido durante siglos la envidia y la desconfianza. Un país que elige a un billonario es un país sano, seguro de sí mismo, capaz de mirar hacia adelante, sin rencor; un país que ha superado la lucha de clases; un país en que los votantes en su mayoría ya no se sienten víctimas, sino capaces de ellos mismos ayudar a la excesiva cantidad de víctimas que todavía quedan.

El nombramiento de Jaime Ravinet en Defensa ojalá sea el comienzo de un acercamiento entre la Coalición por el Cambio y la Democracia Cristiana. Ambos ganarían. Gana la DC, porque está actualmente aliada a un “polo progresista” que quiere reducirla lo antes posible a la mínima expresión: a un inocuo y servil “club de amigos”. Gana la Coalición por el Cambio, porque no le bastan cuatro años para enmendar el rumbo del país, y porque necesita por tanto generar potenciales sucesores a Piñera. Éstos en la DC abundan. Por cierto, si hay algo que falta en este primer gabinete es ministros con pasta de presidenciable. Dicen que los partidos se resistieron a uno que otro empresario que sí la tenía, por temor a la competencia. Uno de los desafíos de Piñera será el de obligarlos a vencer ese temor.

Su desafío más grande, claro, será el de dar algunos memorables golpes a la cátedra. Por ejemplo, mostrar que un gobierno de tecnócratas de centroderecha es capaz de vencer la pobreza, reducir la desigualdad, aumentar la competencia, y ampliar los ámbitos de la democracia y de la transparencia.

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