Opinión El Mercurio , viernes 23 de mayo de 2008.

El penúltimo discurso

David Gallagher |

Faltan casi dos años: todavía no es tarde para que el Gobierno encuentre su camino. Por eso, el discurso del miércoles era una oportunidad para marcar un rumbo más claro y para dar un contundente respaldo a iniciativas que están en el tapete. También, para definirse entre las dos contradictorias almas. El alma que atesora un socialismo añejo, el del conflicto social, la lucha de clases y el odio al lucro, y el alma que, sintonizada con el Chile real que reflejan las encuestas, busca la modernidad, la eficiencia y el crecimiento.

Las iniciativas que requerían el respaldo de la Presidenta eran varias, si iba a optar por esta segunda alma. Primero, la reforma educacional, que fue acordada tan vistosamente en La Moneda. Enseguida, la del Estado, anunciada por Pérez Yoma, cuando dijo que la eficiencia era un deber ético del gobernante. Después, más reformas pro crecimiento y más flexibilidad laboral, si queremos detener la proliferación de epitafios al milagro chileno, y si queremos que no nos deje atrás el Perú. También estaban las propuestas del Consejo Trabajo y Equidad. Por ejemplo, el subsidio al ingreso laboral que, además de aliviar a los más pobres, fomenta el empleo. Éste es una versión del impuesto negativo que proponía Milton Friedman, por lo que es curioso que las conclusiones de este consejo hayan sido celebradas en algunos círculos como el fin de la economía de mercado en Chile. Al contrario, el consejo pretende empoderar a las personas para que ejerzan más sus responsabilidades individuales. Expresamente rompe con las antiguas políticas asistencialistas. Además, supone que sus propuestas serán viables, porque, y sólo porque, Chile debería seguir creciendo rápido. "La economía chilena", dice, "ha demostrado que puede alcanzar altos niveles de crecimiento. Esto es condición necesaria para lograr estos objetivos". Terrible, por cierto, ese "ha demostrado", en vez de "demuestra": una forma elegante de advertir que se ha perdido el rumbo en cuanto al sine qua non de la equidad.

Frente a estos desafíos, el discurso de la Presidenta fue de dulce y agraz. En educación, dio una señal importante de respaldo al acuerdo, diciendo que era equiparable al que condujo a la reforma previsional. Pero no quedó claro cómo va a enfrentar a los parlamentarios que se están desmarcando de lo acordado. En cambio, sí hizo un anuncio muy positivo: un Fondo Bicentenario de seis mil millones de dólares, cuyos intereses se destinarán a mejorar nuestro capital humano. En materias laborales, el énfasis estuvo en el fortalecimiento de los sindicatos: el ministro del Trabajo no disimulaba su felicidad. Pero la Presidenta sí hizo suya la propuesta pro empleo de la comisión Meller. En cuanto a la reforma del Estado, dijo que la había encomendado, junto a la agenda de probidad, a Pérez Yoma, lo que es positivo. Sin embargo, le dedicó poco tiempo, en lo que en general fue un discurso paternalista, o maternalista, que describía cómo un Estado próspero y dadivoso asistía a cada grupo imaginable de chilenos. La Presidenta tiene claro que, generosamente, nos quiere regalar más y más cosas, pero prefiere no profundizar en cómo hacerlo: con qué sistema de gestión y con qué frenos a la corrupción en el reparto de los recursos.

En fin, las dos almas siguieron vivas. O se va perfilando una síntesis de las dos, como dicen algunos. Consistiría en centrar el foco del Gobierno en crear un Estado de protección social, sin vulnerar principios macroeconómicos ortodoxos, apostando -peligrosamente- a que con ellos basta para seguir creciendo.

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