Opinión El Mercurio, 23 de agosto de 2013

El regreso del hombre nuevo

David Gallagher |

La concepción liberal de la sociedad parte de la premisa de que somos seres complejos, en los que conviven instintos nobles con -desafortunadamente- instintos egoístas. Desde luego, los instintos nobles no presentan problemas para el diseño de una sociedad en que todos podamos convivir. Los que sí los ocasionan son los egoístas, porque nos llevan a querer aprovecharnos de los demás, y para prevenir que esto ocurra con exceso, para evitar que algunos acaparen tanto poder que puedan abusar desmedidamente de otros, el liberalismo ha creado mecanismos cuyo fin es que ningún grupo humano ejerza poder en demasía. En política, estos han incluido el sometimiento del gobierno a elecciones periódicas, la separación de poderes, y una Constitución con algunos frenos temporales a la voluntad de la mayoría. En economía, el mecanismo clave ha sido la competencia. Cuando un proveedor está obligado a competir, va a fracasar si no ofrece un buen producto a buen precio.

Este modelo liberal, que nace de la imperfección humana, es en sí mismo imperfecto. Imposible que logre eliminar los abusos del todo. Por otro lado, no puede funcionar sin un Estado fuerte que imponga el imperio de la ley y que castigue los abusos cuando se den. Pero, ¿será correcta la premisa en que se basa? ¿Serán los seres humanos tan malos que necesitan ser obligados a competir? ¿Qué pasa si los liberales estamos equivocados? ¿Si en vez de nacer con instintos ya configurados, llegamos al mundo con mentes abiertas, maleables, de manera que, sometidos a una buena educación cívica, podamos convertirnos todos en ciudadanos ejemplares? ¿Si incluso nacemos buenos, como el buen salvaje de Rousseau, y si es solo la vil competencia, el miserable apego a la propiedad privada y al lucro, lo que nos malea? En ese caso, la democracia liberal sería el producto de una tragedia de errores, porque la competencia, en vez de ser el mecanismo que disminuye la maldad que un ser humano le puede propinar a otro, sería más bien su causa. En ese caso, no serían necesarios diferentes partidos políticos que compitan entre sí, porque bastaría con uno que represente al conjunto de hombres buenos. No sería necesario que compitan distintos proveedores de bienes y servicios; bastaría con que los proveyera el Estado. No necesitaríamos incentivos materiales para trabajar; bastaría, como en la concepción de un Che Guevara, con los incentivos morales que nos genera nuestra propia bondad innata, conjugada con una buena educación cívica. ¿No era así antes? ¿En esos "siglos dichosos", como dice Don Quijote, en que "ignoraban estas dos palabras de 'tuyo' y 'mío' ", y en que eran "todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto".

Competencia, mercado, ahorro, empresarios, préstamos, lucro, intereses: qué mezquinas suenan estas cosas frente a esa edad de oro que podríamos reconstituir tal vez. Por eso es tan tentadora la apuesta a que quizás el "hombre nuevo" de un Che Guevara sea posible después de todo. Tentadora sobre todo en una sociedad como la chilena, ahora que estamos "forrados". ¿No es tiempo ya de superar el miserable capitalismo? ¿Pasar a una sociedad de derechos, porque ya todo abunda, como cuando, según Don Quijote, "las solícitas y discretas abejas" ofrecían "a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo"? Un mundo de derechos que otros han de pagar con su dulcísimo trabajo: ¿cómo no va a valer la apuesta? Me temo que en el Chile de hoy hay una ola de sentimiento voluntarista que va en esa dirección, y que no va a amainar hasta que la apuesta falle.

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