Opinión El Mercurio, 5 de octubre de 2012

El reino de los cerdos

David Gallagher |

Si hay una fuente de desigualdad en el mundo, es la que se da entre humanos y animales, sobre todo aquellos que llamamos "domésticos" y criamos nada más que para comerlos. Por algo hay gente que por razones puramente morales, no come carne. J. M. Coetzee ha convertido la matanza industrial de animales en un tema recurrente de sus novelas, comparándola hasta con el Holocausto. Pero no es un tema que nos provoque mucha angustia, porque nuestras preocupaciones éticas son débiles cuando no las detona un disgusto estético, que en este caso se da poco, porque en general no vemos a los animales morir. Por otro lado no sentimos que haya riesgo en oprimirlos; no esperamos un súbito alzamiento de vacas camino al matadero, o que de repente se subleven los cerdos de Freirina y expulsen a los humanos para liberarse de su hedor.

Pero es justo lo que pasa en "Rebelión en la granja", la gran novela de George Orwell, de 1945, en que los animales, liderados por dos jóvenes cerdos llamados Bola de Nieve y Napoleón, se toman la granja de Mr. Jones. Actuando en nombre de la justicia y de la igualdad, imponen los Siete Mandamientos del Animalismo, de los cuales los más importantes son "Quien camina en dos patas es un enemigo" y "Todos los animales son iguales". Pero poco a poco los cerdos cobran ascendencia, y se da una ardua lucha por el poder entre Bola de Nieve, quien propone construir un molino de viento, y Napoleón, opuesto a la idea. Napoleón gana y, convertido en dictador, anuncia, con el envidiable desparpajo de los dictadores, que el molino se le había ocurrido a él. La igualdad, la justicia y el molino, de ser los fines para los cuales el poder era un medio, pasan a ser ellos mismos los medios -más bien retóricos- para consolidar el poder, ya convertido en el único fin. Los cerdos empiezan a andar en dos patas, y a vestirse como humanos. Los mandamientos originales son modificados, hasta que quedan sólo dos: "Cuatro patas bien, dos patas mejor" y el famoso "Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros".

Para Orwell la novela era, claro, una sátira de las dictaduras de Hitler y Stalin. Pero la alegoría es aplicable en cualquier circunstancia en que el poder deja de ser un medio y pasa a ser un fin. En Chile, ya lo es para muchos de nuestros políticos. Por eso fue oportuno que en el último Ch.ACO, la feria de arte que se celebró recién en la Estación Mapocho, hayan invitado a Gonzalo Sánchez a colocar allí una ingeniosa instalación inspirada en la novela de Orwell. Nada mejor para ayudarnos, en esta larga temporada de elecciones, a analizar a cada candidato, haciéndonos siempre la pregunta clave: ¿tiene algo valioso que ofrecer, o busca el poder sólo porque sí?

En general, el político que busca el poder porque sí no más se da con más frecuencia en países -y Chile es uno- en que se ha debilitado el concepto de liderazgo. Países en que, en vez de conducir a la gente, en vez de buscar el poder para realizar algún propósito valioso, los políticos se dejan guiar por encuestadores y marqueteros. Cuando actúan así se asemejan a los cerdos de Orwell. Es cierto que en una democracia no matan para llegar al poder, pero como éste es lo único que les importa, son poco más que una parodia del cerdo Napoleón, una versión soft , mediocre de él.

Esos cerdos caminando en dos patas nos hacen pensar en otra cosa: en que la novela es una alegoría de América Latina. Acemoglu y Robinson, en su libro reciente sobre por qué los países fracasan, se asombran de lo poco que disminuye la desigualdad en esta región tan proclive a las revoluciones. Una y otra vez los cerdos revolucionarios terminan caminando en dos patas, como los "boligarcas" de Chávez o los comunistas en Cuba.

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