Opinión El Mercurio, 6 de marzo de 2015

Entre el primer año y el segundo

David Gallagher |

El año pasado fue uno de sorpresas. La de descubrir que la Presidenta había regresado a Chile muy radicalizada. La de constatar que para configurar las huestes gobernantes, se privilegiara en muchos casos la incondicionalidad sobre la idoneidad. La de que hubiera, entonces, por primera vez desde el retorno a la democracia, graves brechas entre los objetivos de un gobierno y su capacidad para traducirlos en políticas públicas eficaces.

Es cierto que había un programa detallado y que el gobierno no ha hecho sino cumplirlo, tras arrasar en las elecciones. Pero era aventurado pensar que la gente había votado por ese programa, y no por la candidata como persona. Por algo las medidas impuestas en 2014 despertaron fuertes resistencias. A toda vista no eran lo que la gente esperaba. Confiados en la Presidenta, los pocos que de verdad conocían el programa suponían que iba a ser mejorado, o al menos puesto al día, ya que fue ideado en 2013 para satisfacer demandas estudiantiles del 2011. Pocos se imaginaron que el gobierno se iba a aferrar a un desfase temporal tan particular, dado sobre todo que su objetivo era darle gobernabilidad futura al país.

Paradójicamente, este año promete ser uno en que la buscada gobernabilidad de verdad entre en crisis, porque con el séquito inagotable de escándalos casi diarios, nuestras élites y nuestras instituciones van cayendo por el despeñadero del desprestigio.

La crisis se debe en parte a algo positivo: que en Chile, en materias éticas, queremos dejar de ser un país latino, de manga ancha, para convertirnos en un país escandinavo, de reglas estrictas que se acatan. Pero hay que proceder con cuidado si vamos a juzgar conductas de un pasado latino con los criterios nórdicos que queremos para el futuro. Tiene que haber una transición y eso requiere liderazgo: un almirante que sepa navegar por los bravos océanos que separan al mundo latino del nórdico.

La falta de liderazgo actual provoca que cada desmán que se descubre es tratado, peligrosamente, con un mismo grado de escándalo. Por algunos periodistas porque es una noticia y para que venda, hay que resaltarla y exagerarla; y por algunos políticos para desprestigiar a algún competidor. Se ha creado un ambiente estridentemente acusatorio, como si el problema fuera uno de buenos y malos, y no de leyes deficientes o mal fiscalizadas. El resultado es que aparecemos -absurdamente- como un país tremendamente corrupto, con una élite podrida. Eso no se condice con la realidad. Los políticos, y las élites en general, le han fallado al país en muchos aspectos. Pero no son monstruos. Estamos a años luz de países como Argentina, España o Italia. Pero en un ambiente de escándalo permanente podemos llegar a ser como ellos, porque la gente honesta va a dejar de acercarse a la política, para qué hablar de financiarla. De allí la política sí se irá poblando de sinvergüenzas, y terminaremos gobernados por mafias, como tantos otros países.

En esto, es importante el giro que tome el gobierno. ¿Seguirá pasando la aplanadora para imponer más medidas controvertidas, y de paso distraernos de un caso como el de Caval? ¿U optará por caminos constructivos como los propuestos por el Subsecretario Mahmud Aleuy? Ojalá lo segundo. Cuando el problema no es de buenos y malos, sino de un marco legal inadecuado, todos somos potencialmente culpables, por lo que el caso Caval puede ser un activo para la Presidenta. La humaniza, y le da la empatía que se necesita para unir a los chilenos. Agréguese la muy buena evaluación que siguen teniendo en las encuestas sus atributos personales, y queda claro que ella tiene de sobra el capital político que se requiere para sacarnos de la crisis.

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