Opinión El Mercurio , viernes 3 de marzo de 2006.

Frente al ciprés prohibido

David Gallagher |

En “Crimen y castigo”, de Dostoievski, Raskolnikov procura librarse de una deuda matando a una usurera con una hacha. Poco a poco, el estudiante entiende que ha cometido un crimen abominable, pero a la vez se pregunta por qué exactamente lo es. Se acuerda de Rastignac, un héroe de Balzac. ¿Qué pasa, se preguntaba éste, si con sólo inclinar la cabeza en París, provoco la muerte de un mandarín en China, ganando a la vez una fortuna? ¿Cuán atroz sería cometer un homicidio por dinero en ese caso? ¿Uno cometido con la certeza de no ser descubierto y en desmedro de un mandarín invisible y desconocido? ¿Uno que no sentiría ningún malestar al morir?

El contraste entre el mandarín y la usurera, cuya sangre chorrea escandalosamente con cada desordenado hachazo, habla de cómo a veces la estética de un acto nos permite apreciar sus alcances éticos. La estética y la cercanía: los crímenes lejanos no nos llegan; el destino del mandarín no lo sentimos porque para nosotros apenas existe.

Me acordé de él el domingo recién pasado. Estaba en Beijing. Era una de esas mañanas frías pero soleadas que nos llenan de energía. Bajaba eufórico en un taxi por la Dongchang’ an Jie, la gran avenida que conduce a la Ciudad Prohibida. Contemplaba los flamantes rascacielos a ambos costados, con sus avisos de Kenzo, Cartier, Prada o Porsche. Me preguntaba cómo esta China globalizada, con su culto al lujo y a la modernidad, se conjugaba con la China del pasado, la China de las dinastías, o la China de Mao. Y en mi euforia llamé a la Sarita.

Desde mi celular en el taxi chino la encontré comiendo en La Canasta, en Maitencillo. Estaba con un grupo bastante ruidoso y le costaba hacerse oír. “Voy a la Ciudad Prohibida”, le dije, pero no le entendí bien la respuesta. Alguien en el trasfondo decía “machas a la parmesana”, y creo que la Sarita me había querido explicar que el mozo les estaba tomando el pedido. Me alegró oír los gritos y las risotadas que provenían desde La Canasta. Pero me sentí como el mandarín. ¿En qué medida existe, un sábado en la noche, en Maitencillo, un hombre que recorre Beijing en un taxi? Existe en teoría, pero la realidad de su existencia es precaria, muy precaria.

Más tarde, en la Ciudad Prohibida, con vista a Beijing entero, desde las alturas de la Sala de la Armonía Preservada, mientras me preguntaba cuánto podía durar esa armonía tan buscada pero tantas veces perdida en la historia china, cuánto podía durar frente a tanto cambio, se me acercaron dos chinas para indagar de dónde era yo. La respuesta las descolocó. Chile no era ni siquiera un país remoto para ellas. Era una palabra enigmática, intraducible, quién sabe si sinónimo de la nada misma. No sé qué pretendían al hacerme la pregunta, pero al oír la respuesta, las chinas se retiraron pensativas, cabizbajas. Y sentí que si mi existencia ya era precaria en Maitencillo, en Beijing estaba en peligro de esfumarse del todo.

Después, entre los Sabina chinensis, los cipreses chinos que decoran la Ciudad Prohibida, cipreses con intrincados troncos que datan del imperio Ming, me acordé del TLC que se firmó con China. Nada de mal para un país inexistente como Chile, pensé. Y me acordé del Presidente Lagos.

El TLC con China es un emblema de lo que ha sido su gobierno, me dije, un emblema de su capacidad para pensar en grande, para lograr con Chile lo que aspiraba Mao con China: “Hacer que el país crezca alto en el bosque de las naciones”. Toqué las agujas, entre verdes y grises, de un ciprés chino, un ciprés prohibido plantado por un jardinero Ming, y pensé que a Lagos lo vamos a echar de menos.