Opinión El Mercurio, 4/11/2011

Hacia una mejor democracia

David Gallagher |

En Chile tenemos, o aspiramos a tener, una democracia representativa y constitucional. Digo aspiramos, porque en estas cosas la perfección es inalcanzable.

Es representativa porque elegimos al Presidente y a los parlamentarios para que gobiernen en nuestro nombre. O sea, los elegimos no para que sólo expresen o consulten nuestras cambiantes opiniones, sino para que, en representación nuestra, hagan lo que les parezca mejor para el país, usando su mejor criterio, en función de la información de conjunto que tienen. En algunos países se complementa esta función representativa con alguna participación directa, y se recurre a plebiscitos para consultar ciertos temas a los ciudadanos, a veces incluso por iniciativa de ellos mismos. El recurso puede ser enriquecedor como complemento a la democracia representativa, siempre que no se abuse. Porque cuando se emplea con exceso, cunde el caos, como ocurre ahora en California, donde han tenido décadas de plebiscitos de efectos contradictorios entre sí, porque sus propulsores veían sólo su propio interés, y no el del conjunto.

Por su parte, nuestra democracia es constitucional, porque el gobernante no puede hacer lo que quiere, ni siquiera cuando pretende expresar la voluntad de la mayoría: está sometido al imperio de la ley y a restricciones impuestas por la Constitución. Ésta no es fácil de cambiar, en ninguna democracia constitucional, justamente porque su propósito es protegernos de las pasiones pasajeras de mayorías que después se arrepientan. Así los países se protegen de la barbarie de una mayoría pasajera, como la que apoyó a Hitler.

Es posible que en los extremos de nuestro espectro político dé un poco de tirria la democracia representativa constitucional. Hoy nadie la cuestiona abiertamente, pero en cierta izquierda, hay quienes ven con algo de envidia el desparpajo con que Chávez, Morales y Correa han logrado cambiar sus constituciones, para que ya no sean un freno a los deseos de una mayoría que ellos mismos pretenden encarnar. La teoría aquí es que una Constitución debería servir como un instrumento dinámico, infinitamente cambiable, cuyo fin es consolidar y perpetuar la voluntad del "pueblo". De vez en cuando, el "pueblo" es "consultado" en plebiscitos esotéricos, como los de Correa en Ecuador, donde a la gente se le pide contestar sí o no a preguntas complejas que pocos entienden, y en que un sí implica multiplicar aún más los poderes del Presidente.

En su íntima admiración por este modelo, la extrema izquierda se conecta con ese pasado en que se burlaba de la democracia "burguesa". En el Chile de hoy encuentra, además, su pretexto en el hecho de que nuestro sistema electoral no conduce a una representatividad adecuada, y de que, según creen algunos, nuestra Constitución exagera los quórums que impone a temas que tal vez no los necesiten. Aun desde la izquierda más moderada se ha llegado a sugerir, peligrosamente, que debido a una "institucionalidad injusta", no se pueden encauzar en democracia las demandas que emanan de la calle en materia de educación. Por su lado, entre algunas élites de extrema derecha, puede haber renacido con las protestas cierta nostalgia por una época en que la ciudadanía era necesariamente más sumisa y menos preguntona.

Sería bueno que tuviéramos todos más calma. Nada más peligroso que creamos que nuestro problema es el tipo de democracia que tenemos. Nada más peligroso, si es que no queremos abandonar el mundo occidental. Lo que no significa que nuestra democracia no deba ser reformada: está claro que se necesita un paquete de reformas que la refuercen y relegitimen, si bien el resultado nunca va a ser perfecto.

En cierta izquierda, hay quienes ven con algo de envidia el desparpajo con que Chávez, Morales y Correa han logrado cambiar sus constituciones.

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