Opinión El Mercurio, 26/2/2010

La lengua y la academia

David Gallagher |

El gobierno de Michelle Bachelet corre el mismo destino que el agonizante verano: se acerca a su fin. Como en todas las partidas, sentimos tristeza, por último porque se esfuma un trozo más de nuestras vidas. Esta vez no es sólo el cuatrienio: son los 20 años de la Concertación que se acaban, lo que, para el ciudadano promedio, es la cuarta parte de una vida. Quevedo lo dijo: “Vivir es caminar breve jornada”.

En Chile la Presidenta es querida y por eso, en sus últimos días, atribuimos no a ella sino a sus asesores algunas iniciativas curiosas, como la de tratar de sacar a Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards del acto inaugural del Congreso de la Lengua Española. ¿La razón dada por Santiago a Madrid? Que el Rey de España tuviera tiempo para ver las caracolas de Neruda. Una razón bastante surrealista, ya que hace sólo 33 días esas caracolas se exhibían en nada menos que el Instituto Cervantes de Madrid.

El Congreso de la Lengua, que se inaugura el martes en Valparaíso, es patrocinado, entre otros, por la Real Academia Española. Por tanto nos permite reflexionar sobre el rol de las academias en la evolución de los idiomas. ¿Cuánto se ha beneficiado el español o el francés por tener academias que velan por su buen uso? ¿Cuánto se ha perjudicado el inglés por no estar sometido a los dictámenes de una academia, y por contar solo con diccionarios de iniciativa privada? ¿Habrá instancias en que es un beneficio no tener una academia?

La española fue fundada en 1713 con el propósito de “fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza”. La idea era que nada alterara el “estado de plenitud” alcanzado por el idioma en el siglo XVI. Un objetivo similar fue el enunciado por el cardenal Richelieu, cuando fundó la Académie Française en 1635. Un beneficio notable de estos propósitos conservacionistas es que podemos leer textos españoles o franceses de 1500, e incluso de mucho antes, con poca dificultad. El inglés de hace 500 años es, en cambio, más difícil, y el inglés medieval, casi imposible para un lector moderno. Gracias a las academias estamos, entonces, lingüísticamente más unidos a nuestros antepasados en el mundo hispano o francés que en el inglés. Sin embargo, en Londres o Nueva York eso se compensa al mantenerse vivo el teatro clásico de un Shakespeare, mientras que en Madrid o Santiago es poco común que se dé una obra de un Lope o un Calderón.

En Francia y España los puristas se quejan amargamente de la invasión de palabras inglesas en sus idiomas. ¿Por qué ocurre? En parte, quizás, por razones de poder político. Pero tal vez se deba, también, a que el inglés no es vigilado por una academia. Los idiomas tienen que reaccionar rápidamente para describir y nombrar conceptos y objetos nuevos. En la práctica, lo hacen en el permanente intercambio que se da en el mercado del habla, donde a través de procesos de ensayo y error se van rechazando o acogiendo giros y palabras, en cuya creación han participado millones de autores anónimos. Este proceso espontáneo lo intuyo como infinitamente más potente y eficaz que cualquiera que se pueda dar entre un puñado de eminencias reunidas en una sala.

Lo que no significa que la Real Academia no haya desempeñado un rol valioso. Gracias a ella podemos leer tranquilos a San Juan de la Cruz y a Quevedo, y su diccionario es magnífico. Se actualiza con cada edición. Desde ya la palabra “caracola”, que no aparece en la primera, está debidamente instalada en la vigésima segunda. Dice ésta que “soplando por ella, produce un sonido como de trompa”.

¡Lo que se perdió el Rey!

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