Opinión El Mercurio, 18 de Septiembre 2015

La paz vasca

David Gallagher |

Para este Dieciocho, olvidémonos de la política por un rato. Propongo que visitemos el País Vasco, donde tuve la suerte de estar hace poco con amigos.

Partamos a unos 1.300 metros de altura, en la sierra de Alalar, en Navarra. Abajo, el valle de La Burunda, cerrado al sur por la sierra de Urbasa, y al noroeste por la de Alzania. Entre medio, el río Araquil, y salpicados por sus dos laderas, pueblos simples y austeros como Ciordia, Olazagutía, Alsasua, Iturmendi, Bacáicoa y Urdiaín. En la cumbre de la sierra, con vista a todo el entorno, una joya arquitectónica: el santuario de San Miguel de Alalar.

Al subir el corto trecho para alcanzarlo, pienso en lo conmovedora que es la paz que se siente en esta sierra. El País Vasco era una de las zonas más turbulentas del mundo. Sus sufridos habitantes vivían aterrorizados por golpes traicioneros: bombas, secuestros, asesinatos. El ser humano, pienso, tiene una capacidad maldita de crear conflictos inútiles, pero también sabe sobreponerse a ellos, y la paz que se vive hoy en el País Vasco da esperanza. Hace pensar que podría llegar algún día a La Araucanía, e incluso al ambiente enrarecido de Santiago, del que el aire fresco de esta sierra nos permite descansar por un rato.

Al centro del santuario hay una iglesia románica, del siglo diez; una iglesia sobria que está envuelta por el casco de un templo visigodo. La efigie, de plata dorada, de San Miguel, es bastante inusual, porque en vez de arremeter contra el demonio con una lanza, o de pesar almas en una balanza, el Arcángel porta en su cabeza una cruz. Pero el plato fuerte está sobre la mesa del altar. Es un retablo del siglo doce, de cobre sobredorado, compuesto de figuras hieráticas esmaltadas. Están los cuatro evangelistas con su libro, los apóstoles, los reyes magos, el Arcángel Gabriel, y en el centro, en un marco ovalado, la Virgen con su Niño.

El santuario es pródigo en leyendas. Se dice que el retablo lo regaló Ricardo Corazón de León a Berenguela de Navarra cuando se comprometió con ella. De hecho su dinastía, la de los Plantagenet, patrocinaba la producción de esmaltes en Limoges. En cuanto al santuario mismo, habría sido levantado por un caballero llamado Teodosio. Volviendo a su palacio tras lidiar con los moros, se topa en un bosque con el demonio, que, según su costumbre, va disfrazado de hombre bueno. Por eso Teodosio le cree cuando le dice que su mujer le ha sido infiel. Irrumpe en la habitación matrimonial, y encuentra a un hombre acostado con una mujer. Los mata antes de percibir que son sus propios padres. Para expiar el parricidio, el Papa lo obliga a portar cadenas hasta que algún milagro las rompa. Este lo realiza San Miguel, y el santuario lo erigen Teodosio y su inocente mujer, para agradecerle.

De San Miguel partimos a Urdiaín, donde nuestros anfitriones son una radiante mujer venezolana y su marido, un gran caballero vasco. Comentamos en el almuerzo que muchas familias chilenas y venezolanas tienen que haber venido de este valle u otros parecidos. La mía es de Irlanda, pero me identifico con aquellas, porque Irlanda y el País Vasco tienen mucho en común. Dos puntos verdes en la periferia de Europa que han luchado por su identidad. Otrora pobres y conflictivos, hoy prósperos y pacíficos. Países de emigrantes que han hecho notables aportes como ciudadanos en las Américas. Y ahora se van descubriendo hasta grandes parecidos genéticos.

Anton, el amigo vasco que ha organizado nuestro viaje, se queja de que el exceso de dinero ha arruinado los paisajes de su tierra, pero intuyo que su queja es para que le conteste -y lo hago- que son de una belleza insuperable, y que da gusto ver cómo la región entera, junto a toda España, se ha ido levantando de la crisis.

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