Opinión El Mercurio, 9 de marzo de 2012

La poderosa madurez de Jorge Edwards

David Gallagher |

No creo que sea muy común que un novelista escriba sus mejores obras a partir de los 65 años. Pero es el caso de Jorge Edwards, desde que en 1996 sale "El origen del mundo", una joya de novela corta, situada en París. Desde entonces, Edwards ha publicado cuatro novelas más, todas extraordinarias. Tres tienen que ver con personajes históricos: Joaquín Toesca, en "El sueño de la historia" (2000); Joaquín Edwards Bello, en "El inútil de la familia" (2004), y Michel de Montaigne, en "La muerte de Montaigne" (2011). La otra, "La casa de Dostoievsky" (2008), es sobre un poeta imaginario, pero también tiene la estructura de una biografía, que además describe los avatares de la generación literaria en Chile a la que Edwards pertenece. En mi opinión, estas novelas son comparables en calidad sólo a "Persona non grata " (1973), el memorable relato sobre la experiencia de Edwards como el hombre de Allende en La Habana.

¿Por qué son tan buenas estas últimas novelas? ¿Qué hay de nuevo en ellas? Una muy especial bonhomía que ha acumulado Edwards con la edad: sin abandonar la ilusión de que el mundo mejore, la somete a un filtro de escepticismo y de humor. También el creciente valor que va acumulando con los años su prodigiosa memoria. No conozco a nadie con un repertorio tan largo y amplio de anécdotas entretenidas, y el impulso generoso de compartirlas le da fuerza y autenticidad a su escritura. Después, la libertad que ha adquirido para decir lo que piensa, aunque moleste. Y lo más importante: haberse dado el permiso de volver, justamente, a la exitosa veta de "Persona non grata ", que es la de contar, con ojo de novelista, las vidas de personas reales. Es que el genio de Edwards parece estar más en la observación de gente de carne y hueso que él ha conocido o estudiado, que en la invención de argumentos y de personajes supuestamente originales. ¿Y por qué no, si cuenta con esa privilegiada memoria? ¿Por qué tiene la novela que ser invención pura? El posmodernismo ha liberado a los escritores de esa tediosa obligación, demostrando, desde Borges, que las ficciones pueden ser híbridas, que pueden alimentarse de géneros tan diversos como la biografía, la historia, la filosofía, la crítica, el libro de viajes, el ensayo.

En "La muerte de Montaigne", Edwards reflexiona sobre un ensayista francés del siglo XVI, en sus últimos cinco años de vida: Montaigne muere a los 59 años, en 1592. ¿Por qué Montaigne? Porque Edwards parece verse en él como en un espejo. Se cree viejo Edwards, y Montaigne, para esa época, ya lo era, por lo que se da en la novela un diálogo a través del tiempo entre dos escritores que con buen humor dicen sentir que la muerte se les aproxima. También, los ensayos de Montaigne son, como las novelas de Edwards, de género híbrido. Montaigne se pasea con libertad renacentista por la filosofía, la religión, la historia, sus recuerdos, sus viajes, sus lecturas, su vida diaria, y las tribulaciones de una Francia sumida en sangrientas guerras religiosas. Por otro lado, Edwards y Montaigne son ambos espíritus libres, que se resisten a las consignas de las tribus. Abiertos de mente, se afligen cuando la gente la cierra, para qué hablar de cuando, aferrada a sus prejuicios, busca anihilar al adversario, como en la Francia de esa época.

En junio del año pasado, Jorge Edwards cumplió 80 años, y la próxima semana lo vamos a homenajear en el CEP. Entre los conferencistas estará Mario Vargas Llosa. El homenaje no es sólo por su cumpleaños, sino porque Edwards está en la cúspide de sus poderes, y porque en Chile andamos excitados, aferrados a prejuicios, cerrados a opiniones ajenas, y necesitamos que nos contagie con su moderación, su tranquilidad, su tolerancia.


NdeE: Ver Jorge Edwards en Estudios Públicos.

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