Opinión El Mercurio, 27/02/2009

La Señora de Cao

David Gallagher |

En el norte de lo que hoy es el Perú, cerca de lo que hoy es Trujillo, gobernó hace mil 700 años la Señora de Cao.

Era menuda, como toda mujer mochica, y sus delgados brazos morenos estaban coquetamente tatuados. Era muy bonita, pero la criaron para sentirse cómoda en presencia de la crueldad. A los 25 años, presidía el arribo de los guerreros que traían a los prisioneros de la batalla. Los traían desnudos, en fila india, con una soga al cuello. Entonces los ejecutaban. La sangre la juntaban rápido en vasijas, para que los sacerdotes la probaran caliente. Tal vez la joven Señora de Cao la bebía también: sus tatuajes connotan poderes mágicos.

La Señora de Cao fue encontrada en 2005, en la plataforma superior de una pirámide que se yergue en pleno desierto, con vista al mar. Su tumba estaba cuidadosamente protegida y camuflada. Hundida en una cámara de adobe, la cubrían capas de caña brava, amarradas con soguillas de totora, y seis troncos de algarrobo. Su cuerpo estaba envuelto en un fastuoso fardo funerario, con siete vueltas de tela, y con joyas y emblemas que hablan de su inalcanzable estatus, y del estupor que provocó su muerte.

Se está construyendo un museo cerca de donde la encontraron, y allí la van a colocar, espero que con el fardo que le corresponde. Nos invitaron a verla en un laboratorio de campo, donde no sólo la tenían desenfardelada, sino desnuda, como los humillados prisioneros que ella veía llegar. Gracias a la sequía del desierto y al cinabrio que le pusieron, su cuerpo se ha preservado. Está muy flaco, claro, pero le queda toda la piel. Le quedan las sensuales arañas y serpientes que le tatuaron en sus brazos. El abdomen distendido indica que murió al parir a un niño. No quedaron restos fetales, por lo que parece que él sobrevivió. Tal vez conoció a su hermano: las leves depresiones en los huesos púbicos de la madre sugieren un parto anterior.

Es lo que nos explica el arqueólogo, y siento vergüenza. Los guerreros enterrados con la Señora para cuidar su tumba fallaron en su tarea, pienso. Si no, no estaríamos como intrusos discutiendo los huesos púbicos de quien, al alzar su joven brazo tatuado, podía disponer de la vida o muerte de cualquiera de los prisioneros desnudos que le traían para el sacrificio.

En la pirámide en que la enterraron hay relieves policromados, que muestran a los prisioneros con su miembro viril erguido. Según el guía, es porque les han dado un anticoagulante, para que los sacerdotes no tengan que beber sangre espesa. Según un amigo, es porque con la soga los hacen correr o saltar. Según otro amigo, puede tener razón Sade: puede ser que la muerte sea un afrodisíaco. En otros relieves, los guerreros, armados hasta los dientes, están tomados de la mano, bailando. El contraste entre su jolgorio y la humillación de los prisioneros ilustra el mundo despiadado que presidía la Señora de Cao.

Increíble, por cierto, lo que se descubre en el norte del Perú. Cada año hay cosas nuevas que ver. No sólo del pasado moche. Los antiguos peruanos construían una pirámide sobre otra. En la Huaca de la Luna, también cerca de Trujillo, hay una pirámide chavín por debajo de la moche. Por un hueco interior que las separa, uno logra entrever la figura policromada de un estilizado pescado chavín. Pero hay que imaginarse lo que viene después. Quizás una sucesión de relieves de pescados, de felinos, de guerreros, prisioneros y dioses, de la época chavín. Para verlos habría que arrancar la estructura moche superpuesta. Las huacas peruanas son como muñecas rusas. Pero no se les puede descubrir un secreto sin destruir otro.

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