Opinión El Mercurio, 4 de mayo de 2012

La vejez de Margaret Thatcher

David Gallagher |

Cuando Denis Thatcher le propone matrimonio a la joven Margaret Roberts, ella le advierte que es una mujer muy independiente, y que va a dedicarse de lleno a la política. "No pienso morirme en la cocina lavando platos", le sentencia. Casi 60 años más tarde, Margaret, ya viuda, le sigue hablando a Denis. El difunto la visita en su departamento, y conversan de su larga vida juntos, de los mellizos que tuvieron, de su amor por la música, de los 11 años en que ella fue Primer Ministro, y de cuando sus colegas finalmente la traicionaron. A veces Margaret le habla a Denis desde la cocina, mientras lava los platos: ya cerca de la muerte, corre el peligro de que se cumpla su peor temor. Todo, claro, según "La dama de hierro", la película de Phyllida Lloyd sobre Margaret Thatcher, que recién llegó a Chile, con uno de esos notables atrasos que los distribuidores de cine ni siquiera se molestan en explicar.

Lloyd dirigió obras de Shakespeare alguna vez, y tal vez por eso le da a su tema una estructura narrativa digna del bardo inglés. La vida de Thatcher es vista desde una vejez en que, como el Rey Lear, ella lucha contra la demencia y contra los intentos de su familia y de sus cuidadores oficiales de negarle las libertades que esa demencia le permitiría. Como rey de Shakespeare, ella había conquistado el poder para después excederse en su uso. En particular, había insistido en imponer contra viento y marea un impuesto tremendamente impopular, y se había puesto a humillar a sus ministros. Como cortesanos shakespeareanos, ellos se habían vengado, conspirando contra ella para provocar su caída.

Tal vez esta estructura narrativa shakespeareana, de auge y caída, sea la que corresponde en cualquier relato sobre una persona que ha alcanzado mucho poder y después lo ha perdido. Además, es muy humano que esta mujer tan notable termine lavando platos y viendo visiones. Así es la vida. Por eso me terminó gustando la película, a pesar de que antes de verla había pensado que era atroz presentar a Thatcher en ese estado.

La película de hecho capta la esencia de lo que fue ella. Una mujer valiente que inspira a toda una generación de mujeres, sin haber nunca sido feminista: a diferencia de Michelle Bachelet, nunca hizo tema de su género. La hija de un almacenero que, en una época particularmente socialista, les transmite a los británicos la filosofía simple de su padre: de que no se puede gastar más de lo que se gana, y de que no se puede ganar sin trabajar, porque es inmoral pretender que el Estado solucione todo. Una mujer dura que, al entender que unos prisioneros de la IRA en huelga de hambre se van a morir, dice que es problema de ellos, porque no se le puede obligar a comer a nadie. Una dama de hierro, como la bautizó un periodista ruso, que manda la flota a recuperar las Falkland y que -según la película- decide ella misma hundir el Belgrano, para mejor derrotar a la "banda de fascistas" argentinos que han tomado las islas. Más que nada, Thatcher fue la mujer que sacó a Gran Bretaña de una fatal decadencia, producto de largos años de paternalismo socialista, en que también incurrían los conservadores. Por eso, es una inspiración para quienes creen que la política es para comunicar convicciones profundas. No por nada ella se mofa de sus colegas cuando hablan de encuestas.

Es impresionante la actuación de Meryl Streep, quien capta los gestos y la voz de Thatcher con precisión. Intuyo que Phyllida Lloyd no comparte la ideología de su heroína: tiende a resaltar las épocas en que le iba mal. Pero Streep compensa lo que podría haber sido un sesgo desafortunado, porque nos hace de verdad sentir, en toda su intimidad, la heroica dedicación con que Thatcher rescató a su país.

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